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Una ceremonia para todos

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“Por tanto, pruébese cada uno a sí mismo, y coma así del pan, y beba de la copa” (1 Corintios 11:28).

La Santa Cena es una celebración que marca. Según Elena de White, “cada discípulo está llamado a participar públicamente de ella y dar así testimonio de que acepta a Cristo como Salvador personal” (El Deseado de todas las gentes, p. 613).

Es una ceremonia para todos. Nadie debe participar indignamente (1 Cor.11:29); pero, por otro lado, la gracia de Dios no debe ser rechazada. No debemos dejar pasar la oportunidad de restauración que esta ofrece. La única alternativa es el examen propio del corazón, para que participemos con profunda reflexión y oración.

Es un momento solemne. Elena de White deja en claro que “cuando los creyentes se congregan para celebrar los ritos, están presentes mensajeros invisibles a los ojos humanos. Puede haber un Judas en el grupo, y en tal caso hay allí mensajeros del príncipe de las tinieblas, porque ellos acompañan a todos los que rehúsan ser dirigidos por el Espíritu Santo. También están presentes los ángeles celestiales. Estos visitantes invisibles están presentes en toda ocasión tal. Pueden entrar en el grupo personas que no son de todo corazón siervos de la verdad y la santidad, pero que desean tomar parte en el rito. No debe prohibírseles” (El Deseado de todas las gentes, pp. 612, 613).

Hay un significado especial en cada sección de la Santa Cena, que nos coloca en profunda sintonía con el Señor. Antes de la ceremonia, nos lavamos los pies unos a otros, participando del rito de la humildad; pero especialmente de un rebautismo, que purifica nuestros pecados particulares. Según el propio Cristo, “el que está lavado, no necesita sino lavarse los pies, pues está todo limpio; y vosotros limpios estáis, aunque no todos” (Juan 13:10).

Durante la ceremonia, nuestros ojos son llevados más allá de la Cruz, pues el “el rito de la comunión señala hacia la segunda venida de Cristo [...]. Es únicamente por causa de su muerte que nosotros podemos considerar con gozo su segunda venida. Su sacrificio es el centro de nuestra esperanza” (El Deseado de todas las gentes, pp. 614, 315).

Al final de la ceremonia, celebramos la seguridad del perdón de los pecados, y experimentamos de manera especial la alegría de la salvación. La próxima vez que tu iglesia realice una Santa Cena, participa. “Examínate, come del pan, bebe de la copa”, y no dejes pasar esta oferta de gracia que renovará tus fuerzas en tu trayecto en dirección al cielo.