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Un pueblo diferente

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“Y se congregaron allí todo un año con la iglesia, y enseñaron a mucha gente; y a los discípulos se les llamó cristianos por primera vez en Antioquía” (Hechos 11:26).

Hace algunos años, cuando era pastor en San Pablo, en el Brasil, fui con un compañero a comprar una chaqueta. Al conversar con el vendedor, me sorprendió con una pregunta directa: “¿Ustedes son adventistas?” No tuve ningún problema en responderle, pero también le devolví la pregunta: “Y usted, ¿cómo se dio cuenta? ¿También es de la iglesia o nos conoce por algún programa especial?” Su respuesta, nuevamente, fue al punto: “No soy adventista, pero se puede reconocer a un adventista con facilidad. Ustedes son un pueblo diferente. Tengo parientes adventistas, y lo sé bien”.

Hasta hoy recuerdo las palabras de aquel vendedor. Aunque no lo supiera, predicó una gran verdad. De hecho, somos un pueblo diferente. No simplemente porque queremos, sino porque Dios nos llamó para que seamos luz en medio de las tinieblas. Él nos eligió para presentar su mensaje en una época de confusión e incredulidad (1 Pedo 2:9). En realidad, no somos ciudadanos de este mundo, sino que nuestra patria está en el cielo (Fil. 3:20).

Confieso, sin embargo, que me he preocupado por esta cuestión. ¿Somos todavía un pueblo diferente? Si yo volviera a aquella tienda y encontrara al mismo vendedor, ¿todavía podría él repetir aquellas mismas palabras? ¿Continuamos siendo conscientes de nuestro papel de no ser meramente "un pueblo más" en la Tierra?

Me gustaría desafiarlos a ti y a tu iglesia para que evalúen el camino que están siguiendo. Esta no es una simple cuestión administrativa, sino una evaluación espiritual. Es una cuestión solemne que necesitamos estudiar con mucha oración y amor; pero entendiendo nuestro papel, nuestra misión y el tiempo en que vivimos. Tenemos la misión de preparar a un pueblo para el encuentro con el Señor.

Por eso, Elena de White advierte: “Si desafiando las disposiciones de Dios, se permite que el mundo ejerza su influencia sobre nuestras decisiones o nuestras acciones, se frustra el propósito de Dios [...]. La inquebrantable fidelidad en mantener el honor y el carácter sagrado de la Ley de Dios atraerá la atención y la admiración aun del mundo, y muchos serán inducidos, gracias a las buenas obras que contemplen, a glorificar a nuestro Padre que está en los cielos” (Testimonios para los ministros, p. 39).

Estamos cerca del día en que nos encontraremos con el Señor. Este es el momento para reafirmar nuestro papel como iglesia. Este es el tiempo para andar seguros en el camino al cielo y, al mismo tiempo, continuar cumpliendo poderosamente nuestra misión.