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Comprometidos

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“Entonces María dijo: He aquí la sierva del Señor; hágase conmigo conforme a tu palabra. Y el ángel se fue de su presencia” (Lucas 1:38).

Me gusta ver personas comprometidas con una causa. Gente capaz de pagar cualquier precio para defender lo que cree. Observo, por ejemplo, los defensores de causas ecológicas, que van a los lugares más desafiantes y se exponen de manera peligrosa por el bien del planeta. También me resultan interesantes los defensores de las causas sociales, que salen a las calles a defender lo que creen y, muchas veces, arriesgan su propia vida.

El Movimiento Adventista también comenzó con gente comprometida. Uno de los pioneros que más me impresiona es Carlos Fitch. Su compromiso con el regreso de Cristo era tan grande que él no tenía miedo de enfrentar los desafíos. Poco antes del 22 de octubre de 1844, Fitch bautizó a tres grupos de personas en un río, al aire libre en un día muy frío. Por causa de esto, su salud se vio afectada, enfermó y murió de tuberculosis el 14 de octubre, ocho días antes de la fecha fijada para el regreso de Jesús.

La Biblia también presenta muchos ejemplos de gente comprometida, al punto de dar su vida por la causa que defendían. Sin duda, el mayor de todos es Jesús. Pero María, la virgen elegida para ser su madre, es una persona destacada. Normalmente, exaltamos el privilegio que tuvo al ser elegida como la madre del Salvador, pero ¿pensamos en el precio que ella pagó para cumplir esa misión?

Aceptar el plan de Dios involucraba ser madre soltera, y eso acarreaba consecuencias muy graves. Podría ser condenada por cometer un crimen de contaminación y amenaza a los valores religiosos, sociales y familiares. Su castigo podría ser la muerte. Imagina también cómo sería vista por su familia, sus amigos y la sociedad. ¿Cómo convencería a José, su prometido, de que el bebé no era hijo de otro hombre, sino un milagro del Espíritu Santo? Y ¿qué sucedería con su boda si ella se encontraba en aquella condición?

Ante el alto precio, María podría haberle pasado la responsabilidad a otra mujer. Seguiría con su vida, cumpliría sus sueños y evitaría muchos problemas. Sin embargo, ella aceptó el desafío y respondió: “He aquí la sierva del Señor; hágase conmigo conforme a tu palabra” (Luc. 1:38). No tuvo miedo de arriesgar todo para cumplir su misión.

¿Y tú? ¿De qué tamaño es tu compromiso? Paga el precio de tu misión y permanece seguro de que Dios se encargará de la retribución.