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La gloria de la cruz

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"Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, el cual [...] se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo [...] haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz" (Filipenses 2:5-8).

La Cruz de Cristo es el símbolo de la mayor religión del planeta, que alcanza a casi un tercio de la población mundial y cuenta con más de 2 mil millones de seguidores. Sin duda, la Cruz revela fuerza, influencia y poder. Pero ¿será esa su verdadera gloria?

La Cruz no representa el poder de una religión, sino la fuerza de un sacrificio. En ella no hay superioridad humana y gloria pasajera. En ese terrible instrumento de tortura, el Hijo de Dios fue clavado, porque aceptó entregarse a sí mismo, en silencio y con mucho sufrimiento, para pagar el precio del pecado de cada uno de nosotros. La gloria de la Cruz está en la sumisión, la humillación y el sacrificio de Jesús.

Detrás del alto precio que representó la Cruz, estaba la humildad de aquel que se entregó. Elena de White reflexiona: "La Cruz de Cristo será la ciencia y el canto de los redimidos durante toda la eternidad. En el Cristo glorificado contemplarán al Cristo crucificado. Nunca olvidarán que el Ser cuyo poder creó los innumerables mundos y los sostiene a través de la inmensidad del espacio -el Amado de Dios, la Majestad del cielo, a quien los querubines y los serafines resplandecientes se deleitan en adorar- se humilló para levantar al hombre caído" (El conflicto de los siglos, p. 709).

Los discípulos no lograban entender esa realidad, ya que buscaban un Salvador que restaurase la gloria humana de la nación judía. Sin embargo, Jesús eligió otro camino: "Se despojó a sí mismo", se humilló a sí mismo y decidió morir en la Cruz.

La humildad es una característica fundamental de los cristianos. Como imitadores de Jesús, debemos manifestar, por el poder del Espíritu Santo, esa virtud del Señor. No podemos competir unos con otros para intentar mostrar que somos mejores, con vehículos, vestimenta, cabello o estándares humanos de "santidad" o "perfección". Jesús buscó ser el último en los privilegios y el primero en el servicio.

¿Qué podemos hacer para que nuestro mensaje de esperanza sea relevante en nuestros días? El único camino es decidir ser "nadie" para ser el "alguien" de los demás. Esa fue la elección de Jesús y debe ser la nuestra también. Solo así experimentaremos la verdadera gloria de la Cruz.