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Él resucitó

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"Y saliendo de los sepulcros, después de la resurrección de él, vinieron a la santa ciudad, y aparecieron a muchos" (Mateo 27:53).

Para no dejar dudas sobre la resurrección de Jesús. Dios preparó una escena impresionante, capaz de desmentir cualquier rumor: "Y se abrieron los sepulcros, y muchos cuerpos de santos que habían dormido, se levantaron; y saliendo de los sepulcros, después la resurrección de él, vinieron a la santa ciudad, y aparecieron a muchos (Mat, 27: 52, 53). Esos resucitados "ascendieron con él como trofeo de victoria sobre la muerte y el sepulcro" (El Deseado de todas las gentes,  p. 730) y anticiparon el glorioso futuro de los que mueren siendo fieles.

Elena de White comenta: "Cuando Jesús estuvo en el sepulcro. Satanás triunfó. Se atrevió a esperar que el Salvador no tomase su vida de nuevo. […] Cuando vio a Cristo salir triunfante, supo que su reino tendría fin y que él finalmente moriría" (ibíd. p. 728). Jesús resucitó y es vencedor. Esa verdad es esencial en nuestra fe, porque sin ella no tendríamos nada para creer y nada para anunciar (1 Cor. 15:14).

Según el teólogo y filósofo William Craig, hay por lo menos cuatro hechos que nos dan seguridad sobre la veracidad de la resurrección de Jesús,

El primero es que, luego de su crucifixión. Jesús fue sepultado por José de Arimatea. Los historiadores sostienen este hecho basándose en evidencias claras.

El segundo hecho es que, después de la crucifixión, la tumba de Jesús se encontrada vacía por un grupo de sus seguidores. Innumerables fuentes antiguas independientes comprueban este relato.

El tercer hecho es que, en varias ocasiones y circunstancias, diferentes personas y grupos de personas declararon haber visto apariciones de Jesús después de su resurrección.

El cuarto y último hecho destaca que los discípulos creyeron con sinceridad en los relatos de que Jesús había resucitado de los muertos, a pesar de las muchas presiones para pensarlo contrario.

“La tumba vacía de Cristo fue la cuna de la iglesia" (W. Robertson Nicoll). A partir de allí, el cristianismo tomó un nuevo impulso, y se renovó nuestra esperanza. Podemos confiar en aquel que vino como hombre, murió como Salvador, resucitó victorioso y volverá como Rey.