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Dios llama a todos

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"Cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos unánimes juntos" (Hechos 2:1).

El 29 de octubre de 2006 dejó fuertes marcas en mi vida. Cerca del mediodía, me informaron que la Iglesia me había elegido como líder de la División Sudamericana. Este hecho tomó por sorpresa a muchas personas, y la noticia se difundió rápidamente. El énfasis de la información era mi edad: 38 años. ¿Había llegado la época de los jóvenes?

El cambio de un líder siempre provoca modificaciones, pero no debe promover la idea de la sustitución de una generación por otra. Dios llama a todos: no tiene preferencia de edad, etnia o condición social. Él tiene tareas especiales que pueden ejecutar diferentes tipos de personas. Sin embargo, en su obra hay lugar para niños, jóvenes, adultos y ancianos: cada uno con sus características particulares.

Observemos el inicio del cristianismo. En un momento, Dios llamó a los ancianos Zacarías y Elisabet para que fueran los padres de Juan el Bautista. Luego buscó a María, una joven soltera, para ser la madre de Jesús. Juan el Bautista, aunque era joven, fue un gran evangelista. Jesús, cuando todavía era niño, estuvo en el templo ocupándose de los negocios de su Padre.

La Biblia dice que en el día de Pentecostés "estaban todos unánimes juntos". No había diferencias, y se derramó allí el Espíritu Santo. Hoy también debemos avanzar con la visión de una iglesia para todos. Cada franja etaria tiene necesidades especiales, y estas deben ser atendidas por toda la iglesia. No necesitamos un culto solo para jóvenes, solo para niños o solo para adultos. Necesitamos estar "todos unánimes juntos", ofreciendo apoyo a las necesidades de cada uno dentro de la misma adoración. Esto fortalece nuestra unidad y potencia nuestra misión.

El profeta Joel declara que en los último días habrá un ministerio para todos: hijos e hijas, ancianos y jóvenes, siervos y siervas (Joel 2:28, 29); Comenzamos unidos y debemos avanzar más integrados aún. Solo así construiremos una iglesia cada vez mejor en un mundo cada vez peor. No podemos competir, sino complementamos siempre. El llamado es para todos, pero "todo joven y todo niño tienen una obra que hacer para la honra de Dios y la elevación de la humanidad" (La educación, p. 58).

Ayuda a construir una iglesia que no se divida por la edad de sus miembros, sino que avance unida con la confianza de que Dios nos llama a todos.