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La fuerza de una madre

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"Lleva a este niño y críamelo, y yo te lo pagaré. Y la mujer tomó al niño y lo crío" (Éxodo 2:9).

Moisés fue un líder fuerte. Pero, por detrás de su historia, es posible notar también la fuerza de su madre. Jocabed fue una mujer de fe y oración. Ella decidió esconder a su pequeño bebé y ponerlo en una cesta en el río Nilo. Como resultado de sus oraciones, "ángeles invisibles" cuidaron el escondite del bebé Moisés. "Ellos [los ángeles] dirigieron a la hija de Faraón hacia ese sitio" (Patriarcas y profetas, p. 248). De ese modo, Moisés fue rescatado y volvió a su casa protegido por el mismo imperio que lo había condenado.

Jocabed tuvo pocos años para educar a su hijo. Por lo tanto, ella aprovechó muy bien la oportunidad que le concedieron para moldear el carácter del hombre que se convertiría en el libertador de su pueblo. La madre tenía la certeza de que Moisés "había sido preservado para una gran obra y sabía que pronto debería entregarlo a su madre adoptiva, y se vería rodeado de influencias que tenderían a apartarlo de Dios" (Patriarcas y profetas, p. 249).

El tiempo pasó demasiado rápido, y Jocabed tuvo que entregar a su hijo cuando él tenía cerca de doce años. La educación intensa, clara y profunda que recibió de la madre moldeó la vida, las actitudes y el liderazgo de Moisés por todos los años que siguieron.

En las manos de aquella madre fiel se formó el futuro líder de Israel. "El mundo no ha recibido beneficios mayores mediante ninguna otra mujer, con excepción de María de Nazaret" (La educación, p. 61). Las marcas fueron tan fuertes que "toda la vida de Moisés y la gran misión que cumplió como líder de Israel dan fe de la importancia de la obra de una madre piadosa. Ninguna otra tarea se puede igualar a esta" (Patriarcas y profetas, p. 249).

En las manos de las madres hay un gran poder entregado por el Señor. "Al rey en su trono no incumbe una obra superior a la de la madre. [ ... ] Un ángel no podría pedir una misión más elevada; porque mientras realiza esta obra la madre está sirviendo a Dios" (Consejos para la iglesia, pp. 208,209). No sin razón William Wallace escribió: "La mano que mece la cuna rige el mundo".

Sin embargo, Dios les pide a las madres algo más importante que preparar a sus hijos para ser grandes en esta Tierra: que los eduquen para el Cielo. Para que cuando Cristo vuelva, ellas puedan decir: "He aquí, yo y los hijos que me dio Jehová" (Isa, 8:18).