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Motivo correcto, método equivocado

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"Entonces Simón Pedro, que tenía una espada, la desenvainó, e hirió al siervo del sumo sacerdote, y le cortó la oreja derecha. Y el siervo se llamaba Maleo" (Juan 18:10).

Pedro era un discípulo lleno de buenas intenciones, pero algunas veces usaba el método equivocado. Demostró eso en varias oportunidades, la más sobresaliente de todas fue cuando le cortó la oreja a Malco. Quien sigue a Jesús de lejos (Mat. 26:58) nunca puede actuar de modo equilibrado.

Como Pedro, ¿cuántas veces pretendemos defender buenas causas usando los métodos equivocados? La motivación es buena, pero los métodos no son divinos. Tal vez la motivación sea ayudar, preservar o, incluso, purificar la iglesia, pero la manera en que actuamos no refleja el carácter o las actitudes de Cristo. ¿Cuántas veces podemos herir a las personas en nombre de la fe o la verdad? ¿Cuántas veces podemos causar división en la iglesia por querer defender nuestra visión de cómo deberían hacerse las cosas? Podemos tener buenas intenciones, pero nuestros métodos son similares a los que utilizó Pedro.

Debemos confiar más en la dirección divina sobre la Iglesia y menos en nuestra fuerza para mantenerla de la manera que creemos correcta. La Iglesia es la niña de los ojos de Dios. Él es el mayor interesado en conservarla pura y ejecutar justicia siempre que sea necesario. Así como sucedió cuando Cristo fue apresado, a veces él no actúa en el momento que esperamos o de la manera que queremos. Sus planes, así como su amor, justicia y paciencia son mayores que los nuestros.

No podemos permitir que las intenciones buenas produzcan acciones malas. Si las cosas no son como nos gustaría que fuesen, y no podemos modificarlas usando los métodos de Cristo, entonces debemos dejar que Dios las resuelva a su manera. Como pueblo de Dios, somos llamados a defender la causa correcta usando los métodos correctos. Por eso, él aconseja: "Vuelve tu espada a su lugar" (Mat. 26:52).

Es interesante, sin embargo, que luego de su crisis personal. Pedro experimentó la verdadera conversión (ver La educación. pp. 88-91). Jesús no renunció a él, sino que secó sus lágrimas y le dio un nuevo corazón. Terminó la violencia y comenzó la sumisión. Se dejó atrás el miedo, para dar lugar a la valentía. En vez de ser auto suficiente. Pedro se hizo dependiente del amor y la voluntad de Dios.