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Renovación de nuestra esperanza

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"… los que guardan los mandamientos de Dios y tienen el testimonio de Jesucristo" (Apocalipsis 12:17).

Hoy es un día especial, pues celebramos 156 años de la organización de la Iglesia Adventista del Séptimo Día. Fue el primer paso para que aquel "pequeño rebaño" se convirtiera en un gran movimiento. Elena de White dijo: "Al recapacitar en nuestra historia pasada, habiendo recorrido cada paso de su progreso hasta nuestra situación actual, puedo decir: ¡Alabemos a Dios! Mientras contemplo lo que el Señor ha hecho, me siento llena de asombro y confianza en Cristo como nuestro caudillo. No tenemos nada que temer en lo futuro, excepto que olvidemos la manera en que el Señor nos ha conducido y sus enseñanzas en nuestra historia pasada" (Joyas de los testimonios, t. 3, p. 486).

Dos razones fueron fundamentales para la organización: 1) el fuerte deseo de cumplir la misión con énfasis en el pronto regreso de Jesús, y 2) la insistencia de los consejos de Elena de White para que el trabajo no se hiciera de manera desintegrada, lo que traería riesgos a la unidad, el crecimiento y la misión.

Es impresionante recordar el espíritu de sacrificio de aquellos días. Uno de los ejemplos más destacados fue el de John N. Andrews, el primer misionero oficialmente enviado por la iglesia a tierras lejanas. Fue uno de los adventistas más brillantes, era viudo y tenía dos hijos.

En 1874 se mudó a Suiza, donde comenzó a organizar la obra adventista en Europa. Su hija Mary, quien era un gran apoyo para su ministerio, se enfermó de tuberculosis y falleció. Algún tiempo después, él también se enfermó gravemente; y, en lugar de cuidar su salud, buscó maneras de escribir lo máximo posible y dejar todo el trabajo organizado. En sus últimos momentos de vida, dedicó quinientos dólares al avance de la obra de Dios. ¡Qué gran muestra de compromiso y abnegación!

Al recordar nuestra historia, me vienen a la mente cuatro sentimientos: alegría porque hemos recibido muchas bendiciones; tristeza porque Cristo todavía no regresó; confianza en que el mismo Dios que nos guio hasta aquí continuará conduciendo a su pueblo hasta el gran día final; finalmente, el compromiso de renovar nuestra esperanza, obteniendo lecciones del pasado para fortalecer el presente.

Trabajemos y oremos "para que obre en nosotros la misma fe que obró en los antiguos siervos de Dios" (Profetas y reyes, p. 130). Solo así escribiremos el último capítulo de esta historia y veremos a Cristo volver en nuestra generación.