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Dios de toda consolación

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“Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordias y Dios de toda consolación” (2 Corintios 1:3).

Vivimos en un mundo marcado por el dolor y el sufrimiento. Llamamos “viudos” a quienes pierden a su cónyuge y “huérfanos” a quienes pierden a los padres. Sin embargo, no tenemos una expresión para definir a quienes pierden a un hijo. No hay una palabra que pueda sintetizar ese dolor.

Elena y Jaime White perdieron a dos de sus cuatro hijos. Primero fue el pequeño Herbert, quien falleció cuando tenía solo dos meses y medio de vida. Esto causó un profundo dolor. “Cuando se quebró esa tierna rama, nadie sabrá el sufrimiento que experimentamos, fuera de los que han seguido a sus hijitos prometedores a la tumba” (Testimonios para la iglesia, t. 1, p. 114).

Henry, el hijo mayor, murió de neumonía a los 16 años. Desde el comienzo, experimentó un cuidado especial del Señor. A los catorce meses, estuvo cerca de la muerte por enfermedad, pero se curó después de intensa oración. Debido a los viajes, sus padres tuvieron que encomendarlo a los cuidados de una familia de confianza desde el primer año hasta el sexto. Elena enfrentaba mucha ansiedad y aflicción por esa separación.

Cierto día, después de nadar en un río, el muchacho contrajo una grave gripe que luego se transformó en neumonía. Sus padres buscaron todo tratamiento médico posible, pero la situación empeoró. Sabiendo que no sobreviviría, Henry comenzó un camino de preparación, confesión y perdón con el apoyo de su familia. En sus momentos finales, se despidió de todos, prometió encontrarse con su madre en el cielo y pidió que lo enterraran al lado de su hermanito Herbert, para poder despertar juntos en la mañana de la resurrección. El 8 de diciembre de 1863, susurró sus últimas palabras: “El cielo es dulce”. Y descansó.

El dolor de la familia fue intenso. “Nuestro hogar quedó muy solitario. Ambos padres y los dos hijos que quedaban sentimos el golpe en forma muy fuerte. Pero Dios nos consoló en nuestra aflicción, y llenos de fe y valor seguimos adelante en la obra que él nos había encomendado, con grandes esperanzas de encontrar a nuestros hijos, quienes nos habían sido arrancados por la muerte, en el mundo en el que la enfermedad y la muerte no existirán” (ídem).

Jaime y Elena enfrentaron “el valle de sombra y de muerte” tomados de la mano del “Dios de toda consolación”. Al enfrentar momentos difíciles, ten la seguridad de que, de la mano del Señor, los grandes desafíos siempre vendrán antes de los mayores milagros.