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La mejor solución

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“Y dijo el Señor: ¿Quién es el mayordomo fiel y prudente al cual su señor pondrá sobre su casa, para que a tiempo les dé su ración?” (Lucas 12:42).

“Apartir de ahora no devolveré más mi diezmo”. Esa fue una frase que escuché de un miembro de iglesia una vez. Intentando entender el porqué de esa actitud tan marcada, imaginé el peor de los escenarios. Sin embargo, me sorprendí cuando él me dijo que todo lo que había sucedido era que no estaba satisfecho con el modo en el que se realizaba una de las partes del culto del sábado y le pidió al pastor que la modificara. Como no hicieron caso a su pedido, decidió atacar, usando el diezmo para “vengarse” del pastor.

Me puse a pensar: “¿Por qué algunas personas tienen ese tipo de actitud?” Este tema es mucho más grave de lo que algunos imaginan, y va más allá de las relaciones personales truncadas, amistades deshechas, personas no valoradas, actitudes imprudentes o equivocadas. Cualquier actitud, aunque sea por motivos aparentemente justificables, que alcance a “la niña de los ojos de Dios”, es tomada como si fuera contra Dios mismo. ¡Esto es serio! Recuerda que “por débil e imperfecta que parezca, la iglesia es el objeto al cual Dios dedica en un sentido especial su suprema consideración” (Los hechos de los apóstoles, p. 11).

La iglesia es como un gran hospital. Por eso mismo necesitamos aprender a convivir con varios tipos de problemas. No debemos conformarnos con ciertas situaciones, sino que debemos administrar todo eso con espíritu cristiano. La gracia que recibimos de Dios es la misma que debemos ofrecerles a los hombres.

Observa qué solemne exhortación nos da Elena de White: “Nos estamos acercando al fin del tiempo. Abundarán las pruebas de afuera, pero no permitamos que provengan de adentro de la iglesia” (Testimonios para la iglesia, t. 5, p. 473). Al surgir cualquier problema, intentemos resolverlo con oración y un espíritu amoroso, evitando que el egoísmo nos lleve a conflictos que afecten a la iglesia, ofendan a Dios y debiliten la fuerza de nuestra misión. “No hay nada que Satanás tema tanto como que el pueblo de Dios despeje el camino quitando todo impedimento, de modo que el Señor pueda derramar su Espíritu sobre una iglesia decaída y una congregación impenitente” (Eventos de los últimos días, p. 197). El llamado es claro: “Que los creyentes obedezcan la voz del ángel que ha dicho a la iglesia: ‘Únanse estrechamente’. En la unidad está vuestra fortaleza” (Mensajes selectos, t. 2, p. 78). Esa es siempre la mejor solución para cualquier problema.