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Soñadores

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“Y dijeron el uno al otro: He aquí viene el soñador” (Génesis 37:19).

José era el hijo preferido de Jacob. Después de todo, había nacido cuando el padre tenía 91 años, y luego de una espera de 27 años por un hijo de su esposa Raquel. Obviamente, su nacimiento fue una ocasión especial para la familia.

Además de ser el preferido del padre, José era un soñador. Esa combinación le creó muchos problemas en la casa. José le contó a la familia que había soñado con una cosecha en la que los manojos de sus hermanos se inclinaban ante el suyo (Gén. 37:7); y luego les contó otro sueño en el que el sol, la luna y las estrellas se inclinaban ante él (vers. 9). Esos sueños transformaron la vida de José.

En principio, los sueños le crearon tantos problemas que los propios hermanos intentaron matarlo, pero finalmente terminaron vendiéndolo como esclavo. Cuando José fue a visitarlos a Siquem, desde lejos, ya lo reconocieron como “el soñador”. Sin embargo, ellos olvidaron que es posible atacar a un soñador, pero es imposible destruir sus sueños.

Tiempo después, los sueños lo libraron de la cárcel, e hicieron de José no solo un líder poderoso, sino también un salvador para su propia familia. Cuando los sueños provienen de Dios, siempre se cumplen.

¿Dónde están los soñadores de hoy? En Joel 2:28 y Hechos 2:17 se revela la promesa de que el Espíritu Santo despertará soñadores y visionarios en los últimos días. Esta profecía comenzó a cumplirse en Pentecostés y en la iglesia cristiana primitiva. Los miedosos se hacen valientes, los tímidos se vuelven osados, los débiles se hacen fuertes y los incultos se vuelven sabios.

Así también fue en el comienzo de la Iglesia Adventista del Séptimo Día. Dios levantó a Elena de White, una joven con pocos años de estudio, y a Jaime White, un joven operario. Ella era tan soñadora que llegó a tomar dinero prestado en el banco para comprar propiedades para futuros hospitales de la iglesia. Jaime trabajó en la cosecha a fin de conseguir recursos para imprimir publicaciones adventistas.

Con esa visión soñadora, Jaime y Elena crearon la base de lo que el historiador adventista George Knight llama “el cuadrilátero adventista”: iglesias, educación, publicaciones y salud. El matrimonio transformó el “pequeño rebaño” en un movimiento mundial, establecido hoy en 216 países y con 21 millones de miembros.

El Espíritu Santo levanta soñadores y visionarios para hacer prosperar la causa de Dios. Sé uno de esos soñadores, porque la grandeza de una persona se mide por el tamaño de sus sueños.