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Más allá del sufrimiento

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“Pues tengo por cierto que las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse” (Romanos 8:18).

La vida del apóstol Juan fue intensa. Él pasó por una gran transformación: del “hijo del trueno” (Mar. 3:17) pasó a ser “el discípulo amado” (Juan 19:26). En los momentos finales de la vida de Cristo, Juan estuvo al lado del Señor. Fue el que más vivió de los apóstoles e, incluso, llegó a ver la destrucción del templo y de Jerusalén. Juan tenía muchas historias para contar.

Durante la persecución, él fue una fuerte ayuda para sus hermanos. Elena de White destaca: “Cuando la fe de los cristianos parecía vacilar ante la terrible oposición que debían soportar, el anciano y probado siervo de Jesús les repetía con poder y elocuencia la historia del Salvador crucificado y resucitado” (Los hechos de los apóstoles, p. 469).

Por su amor a Cristo y su celo misionero, Juan despertaba el odio de los opositores. Los enemigos del pueblo de Dios creían que si callaban al apóstol, le pondrían un punto final al avance de los cristianos. Lograron formalizar una denuncia contra él y lo llevaron a Roma. Ante un tribunal parcial, se expusieron pruebas falsas, y el siervo de Dios fue condenado a muerte.

Contrario a la lógica, la olla de aceite hirviendo no fue su fin. Elena de White compara la liberación que recibió Juan a la de los tres jóvenes hebreos: “Juan fue echado en una caldera de aceite hirviente; pero el Señor preservó la vida de su fiel siervo, así como protegió a los tres hebreos en el horno de fuego” (Los hechos de los apóstoles, p. 470). Sus perseguidores, sin embargo, no se rindieron y lo exiliaron en Patmos para silenciarlo.

No obstante, fue allí donde el anciano apóstol escribió el Apocalipsis, libro que ha fortalecido la esperanza de la iglesia a lo largo de los siglos. En aquella isla árida, Juan “recibió más comunicaciones del Cielo de las que había recibido durante todos los años anteriores de su vida” (ibíd., p. 473). En Patmos, Juan “se hizo de amigos y conversos. Su mensaje era de gozo, pues proclamaba a un Salvador resucitado que desde lo alto estaba intercediendo por su pueblo hasta que regresase para llevarlo consigo” (ídem).

Cuando parecía que todo se terminaba para Juan, Dios proyectó los ojos de su siervo hacia el futuro y le otorgó la mayor bendición de su vida. En medio de las pruebas del exilio, a Juan se le hizo claro que “las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse” (Rom. 8:18).

Como el discípulo del amor, ve más allá del sufrimiento y observa la mano de Dios por detrás de todo. Permite que él te revele su mensaje de esperanza y transforme tus aparentes derrotas en bendiciones sin medida.