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El dolor prepara para la gloria

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“Estas cosas habló Jesús, y levantando los ojos al cielo, dijo: Padre, la hora ha llegado; glorifica a tu Hijo, para que también tu Hijo te glorifique a ti” (Juan 17:1).

Fueron 18 horas de sufrimiento intenso. La sangre le salía por los poros y caía lentamente al suelo. Hubo 39 latigazos, con látigos que tenían tres puntas de huesos de carneros y otros objetos cortantes, lo que daba un resultado de 117 golpes. Entonces le pusieron una corona de espinas sobre la cabeza, lo que hizo sangrar su cuero cabelludo.

Le pusieron una cruz de madera de 22 kilos sobre los hombros, y lo obligaron a llevarla a lo largo de 8 kilómetros. En la cima del monte, clavaron sus manos a la cruz con clavos de 12,5 centímetros.

Según el médico legalista norteamericano Frederick Zugibe, uno de los mejores conceptuados peritos criminales de todo el mundo y profesor de la Universidad de Columbia, los castigos llevaron a Jesús a un elevado nivel de estrés y a un paro cardiorrespiratorio. Zugibe escribió tres libros y más de dos mil artículos sobre este tema, todos publicados en revistas especializadas. En esos textos, luego de analizar evidencias históricas, pruebas de laboratorio y a personas voluntarias, él describe el martirio que sufrió Cristo.

El sufrimiento de Cristo fue demasiado fuerte. “Con fieras tentaciones, Satanás torturaba el corazón de Jesús. El Salvador no podía ver a través de los portales de la tumba. La esperanza no le presentaba su salida del sepulcro como vencedor ni le hablaba de la aceptación de su sacrificio por el Padre. Temía que el pecado fuese tan ofensivo para Dios que su separación resultase eterna. Sintió la angustia que el pecador sentirá cuando la misericordia no interceda más por la raza culpable” (El Deseado de todas las gentes, p. 701).

El sufrimiento y la muerte de Jesús tuvieron una razón mayor. En su oración sacerdotal, el Señor dejó en claro que entendía todo aquel dolor como preparación para la glorificación. Su lucha inicial creó las condiciones para el sacrificio final. Su angustia preparó el camino para nuestra salvación.

Nadie sufrió más que Jesús. Su ejemplo nos enseña a enfrentar nuestros sufrimientos, por más duros que sean, con la seguridad de que estos son la preparación para mayores victorias.