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Siervos de la justicia

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“Y libertados del pecado, vinisteis a ser siervos de la justicia” (Romanos 6:18).

Dios nos creó para que seamos libres, pero el pecado nos hizo esclavos. Antes de la conversión estábamos sujetos al mal y, aunque sin quererlo, no éramos capaces de resistirlo (Rom. 7:15, 24).

El Señor, sin embargo, pagó el precio de nuestra redención. Por la gracia divina dejamos de ser dominados por el pecado, para transformarnos en siervos que se someten voluntariamente a la justicia de Cristo. Según Elena de White, esa transformación ocurre porque Jesús “salva a los hombres no en el pecado, sino del pecado; y los que le aman mostrarán su amor por medio de la obediencia” (El Deseado de todas las gentes, p.621).

La libertad en Cristo no es una oportunidad para hacer lo que queramos. Dejamos de ser esclavos del pecado para transformarnos en siervos sumisos de Cristo. La obediencia deja de ser una opción y se transforma en una condición. Por eso el Señor nos entregó los diez Mandamientos, y no diez sugerencias. La vida cristiana es una lucha diaria contra el propio yo, “la guerra contra el yo es la batalla más grande que jamás hayamos peleado. [...] Para que el alma sea renovada en santidad, debe someterse antes a Dios (El camino a Cristo, p. 38).

El apóstol Pablo experimentó esa sumisión al transformarse en un “siervo de Jesucristo” (Rom. 1:1). Cuando era maltratado, no tenía más derecho a retribuir de acuerdo con sus impulsos. Cuando era tentado, no tenía ya la “libertad” de seguir los deseos de su corazón. Cuando se involucraba en actividades comerciales, ya no podía ser egoísta. Entendió que, como siervo, debía representar y honrar al Señor en todas las cosas.

Hay una identidad implicada en esa sumisión. Es necesario dejar muy en claro de qué lado estamos realmente, para que el enemigo no mezcle sutilmente las cosas y, sin notarlo, nos lleve gradualmente a ser siervos del pecado nuevamente. Por lo tanto, es necesario tener un cuidado redoblado. Elena de White advierte: “Esta distinción será más señalada y decidida a medida que nos acerquemos al final del tiempo” (A fin de conocerle, p. 310).

La decisión de ser siervos de Cristo depende de nosotros, pero la transformación del corazón solamente puede ser realizada por el Señor. El mensaje de esperanza para nosotros es: “Y si nosotros consentimos, se identificará de tal manera con nuestros pensamientos y fines, amoldará de tal manera nuestro corazón y mente en conformidad con su voluntad, que cuando lo obedezcamos estaremos tan solo ejecutando nuestros propios impulsos” (El Deseado de todas las gentes, p. 621).

Experimenta esta transformación hoy, y pide que el Espíritu Santo haga de ti un siervo más fiel y sumiso.