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Guardé la fe

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“He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe” (2 Timoteo 4:7).

Los grandes hombres de Dios nunca tuvieron una vida fácil. Llevaron a cabo su obra pasando por sufrimientos y duras pruebas, pero guardaron la fe y avanzaron viendo siempre al invisible (Heb. 11:27).

El ejemplo del apóstol Pablo es uno de los más conmovedores. Dios permitió que enfrentara muchas dificultades, pero transformó todas ellas en oportunidades. Su prisión en Roma es un ejemplo de eso. La cárcel Mamertina, donde se supone que el apóstol Pablo estuvo encerrado, da una idea del desgaste físico y de la presión emocional que tuvo que enfrentar. Incluso en esas condiciones, el Señor permitió que predicara a las autoridades, a dirigentes y a personas estratégicas, y así el evangelio se expandió de manera más rápida. Roma era considerada la metrópoli del mundo, donde pocos prestaban atención a la historia de Jesús. Pero “en menos de dos años el Evangelio se abrió camino desde la modesta morada del preso hasta las salas imperiales” (Los hechos de los apóstoles, p. 381). A pesar de haber sido abandonado por muchos en su condenación, el apóstol “guardó la fe”. En aquel momento extremadamente difícil, tomó como un deber sagrado perdonar a sus ejecutores y animar a los cristianos.

Hay un tremendo contraste entre su muerte y la de Nerón. El impío emperador “se infligió una herida mortal” (ibíd., p. 410), por miedo a ser asesinado por sus enemigos. El apóstol Pablo, por su parte, “al llegar al paraje del martirio, no vio la espada del verdugo ni la tierra que iba a absorber su sangre, sino que a través del sereno cielo de aquel día estival, miraba el trono del Eterno” (La maravillosa gracia de Dios, p. 281). Hasta los soldados romanos que lo acompañaban quedaron impresionados y “aceptaron al Salvador predicado por Pablo, y no tardaron en sellar intrépidamente su fe con su sangre” (Los hechos de los apóstoles, p. 420).

Cuando aceptamos el llamado del Señor y avanzamos sin miedo a oposiciones o sufrimientos, podemos estar seguros de que la recompensa vendrá. La mano que se mueve silenciosamente a lo largo de la historia te entregará “la corona de justicia” (2 Tim. 4:8) en el momento oportuno, y entonces todas las preguntas tendrán respuestas.

Con el mismo celo del apóstol Pablo, realiza la obra para la que el Señor te llamó, y ten la plena certeza de que Dios siempre transformará las dificultades en nuevas oportunidades.