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La última chance

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“De cierto os digo que dondequiera que se predique este evangelio, en todo el mundo, también se contará lo que ésta ha hecho, para memoria de ella” (Marcos 14:9).

El relato de la unción de Jesús por parte de María es una perla del evangelio. Revela con claridad el amor de Dios y presenta la respuesta que él espera de nuestra parte. En esta historia encontramos una persona que no desperdició la chance que tuvo para exaltar a Jesús y adorarlo antes de que él muriera; en vida.

Había un sentimiento profundo de amor y gratitud en su corazón por Cristo. Es posible que María haya dejado su hogar en Betania para vivir de modo pecaminoso en Magdala. Después de sus encuentros libertadores con Jesús, volvió a vivir en Betania, escenario del momento más importante de su vida.

En el banquete en casa de Simón, María no dejó escapar la oportunidad de exaltar al Señor. Cayó a los pies de Jesús, los ungió con sus lágrimas y con el carísimo perfume puro de nardos, y los secó con sus propios cabellos.

La muerte de Jesús iba a tener lugar en pocos días más. María no lo sabía, pero aquella era su última oportunidad. Ella fue dócil al impulso del Espíritu Santo y eternizó su acto de gratitud (ver El Deseado de todas las gentes, p. 515).

Algunos esperan demasiado y dejan pasar la oportunidad. Por más honrado que haya sido el acto de José de Arimatea y el de Nicodemo, “no ofrecieron su don de amor a Jesús durante su vida. Con lágrimas amargas, trajeron sus costosas especias para su cuerpo rígido e inconsciente” (ibíd., p. 514). María hizo por Jesús en vida lo que otros hicieron recién después de su muerte.

Existen personas que son verdaderos vasos de alabastro cerrados. Tienen sentimientos preciosos en el corazón, pero no los comunican. Aunque tengan voluntad de compartir, terminan guardándose el cariño, la amistad, los elogios, los incentivos y los regalos para sí mismos. Peor aún son aquellos que comparten exclusivamente amargura y condenación.

Abre el vaso de alabastro de tu corazón, y permite que comparta el perfume de amor y gratitud a Dios y a las personas. No dejes para después lo que puedes hacer hoy; porque mañana puede ser demasiado tarde. Los homenajes póstumos son emocionantes y necesarios, pero los homenajeados no pueden percibirlos. Por eso, no pierdas la oportunidad de decir cosas buenas y actuar de modo gentil. Elogia, agradece y regala a quien esté a tu alrededor, especialmente a tus queridos; puede ser tu última chance.