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Orar y creer

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“Así que Pedro estaba custodiado en la cárcel; pero la iglesia hacía sin cesar oración a Dios por él” (Hechos 12:5).

Una de las historias más interesantes de la Biblia reúne oración, milagro e incredulidad. Para entender cómo sucedió, es necesario volver a los días de Herodes Agripa I. Para agradar a los judíos, ese rey impío mandó matar a Santiago y ordenó la prisión de Pedro.

El pueblo de Dios no quedó pasivo frente a esto. Según el relato de Lucas, “la iglesia hacía sin cesar oración a Dios por él (Hech. 12:5). Mientras los hermanos oraban, Dios envió a un ángel para liberar al apóstol de la prisión.

Ya libre, Pedro decidió ir hasta la casa en la que “muchos estaban reunidos orando” (12:12). Cuando llamó a la puerta, la criada reconoció su voz y quedó tan extasiada que no lo atendió. Corrió para contárselo a los demás. Los mismos que clamaban incesantemente por la liberación del apóstol no creyeron que eso hubiese ocurrido. “Estás loca”, le dijeron a la mujer. Además, creyeron que hasta podría ser “un ángel” (12:15). “Mas Pedro persistía en llamar; y cuando abrieron y le vieron, se quedaron atónitos” (12:16). Recién después de entrar en la casa y contar su historia, consiguió calmar a sus intercesores. Habían olvidado la eficacia de la oración y que, sumada a “la fe harán lo que ningún poder en la tierra podrá hacer” (El ministerio de curación, p. 407).

Entre otras situaciones, experimenté los resultados de la oración en uno de los lugares en los que trabajé. Había una persona que creaba muchos problemas, y siempre que estaba cerca me transformaba en el centro de sus chistes, humillaciones y críticas. La situación estaba agotando mi paciencia, y ya no sabía qué más podía hacer. Podría enfrentarlo y “pagarle con la misma moneda”.

A pesar de todo, preferí orar y confiar en Dios. Le pedí que cambiara la actitud de aquella persona y que trabajara en mi corazón, ayudándome con el sentimiento de rechazo que este nutría. Oré intensamente durante un año, sin que la persona supiera nada. Poco a poco comencé a notar algunos resultados. El tiempo pasó, el problema terminó, y hoy tenemos una relación de respeto. En respuesta a mis oraciones, ambos fuimos transformados.

Dios siempre está dispuesto a hacer grandes cosas por nosotros en respuesta a nuestras oraciones. Por eso, clama a él con fe ¡y no te sorprendas con los milagros que ocurrirán!