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Grano de mostaza

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“Es como el grano de mostaza, que cuando se siembra en tierra, es la más pequeña de todas las semillas que hay en la tierra; pero después de sembrado, crece, y se hace la mayor de todas las hortalizas” (Marcos 4:31, 32).

Era el año 1884. Un joven, conocido como Borchardt, agredió verbalmente a otra persona. Temiendo que la policía lo atrapara, decidió huir en dirección al puerto de la ciudad de Itajaí, en el estado de Santa Catarina, Brasil. Allí consiguió embarcar clandestinamente en un navío que se dirigía a Alemania.

En una de las escalas, encontró a dos misioneros adventistas que le preguntaron si conocía a algún protestante en Brasil. Con un poco de desconfianza, Borchardt respondió que su padrastro, Carlos Dreefke, era luterano. Los misioneros le pidieron la dirección y, algunos meses más tarde, un paquete que contenía revistas adventistas en alemán llegó a la colonia de Brusque, en el mismo estado de Santa Catarina, con el sello de Battle Creek, Estados Unidos. La encomienda fue abierta en el almacén de David Hort. Dreefke, desconfiado, tomó una de las revistas, con el título La voz de la verdad, y distribuyó las otras entre sus amigos.

Con el tiempo, algunas familias demostraron interés y continuaron pidiendo más literatura, a nombre del señor Dreefke. Él, con miedo de que algún día le enviaran la cuenta, canceló nuevos pedidos.

Lo que comenzó como el viaje de un fugitivo se transformó en el inicio de la obra adventista en el Brasil. Fue un comienzo simple y pequeño, como un grano de mostaza, pero Dios concedió el crecimiento. Hoy, el Brasil es el país con mayor número de adventistas del mundo.

Cuando Dios está en el comando, no necesitamos temer los resultados. A veces pareciera que solo unos pocos aceptan el mensaje, los libros que entregamos son tirados a la basura, las invitaciones distribuidas no son aceptadas o somos ridiculizados por realizar actividad misionera. Sin embargo, Dios expandió su iglesia por caminos que no entendemos.

Nuestra parte es no perder oportunidades ni desanimarnos cuando los resultados no se dan de la manera que esperábamos. Lo poco, en las manos de Dios, se hace mucho. Elena de White dice: “Ha llegado el tiempo cuando debemos esperar que el Señor haga grandes cosas para nosotros. Nuestros esfuerzos no deben flaquear ni debilitarse” (Mensajes selectos, t. 1, p. 135).

Sin el poder divino, la obra de evangelizar el mundo no será concluida. Sin embargo, hay una misión para cada uno de nosotros, y el Cielo cuenta con nosotros. Haz tu parte, comparte nuestra esperanza, y Dios producirá los resultados.