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Siervo, evangelista y mártir

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“Y Esteban, lleno de gracia y de poder, hacía grandes prodigios y señales entre el pueblo” (Hechos 6:8).

Esteban fue un cristiano lleno del Espíritu Santo. Hombre de fe, sabiduría y poder, entró a la historia como el primer mártir cristiano. La expresión bíblica “lleno de”, usada en relación con las personas, significa “controlado por”. Esteban fue un hombre sumiso al Espíritu Santo y movido por el deseo de llevar personas a Jesús.

Podemos considerar a Esteban un siervo. La iglesia estaba creciendo y haciéndose más compleja. Por eso, los apóstoles, que debían estar concentrándose en la predicación y en la oración, estaban ocupados sirviendo las necesidades materiales del pueblo. Para compartir responsabilidades, un concilio escogió a siete hombres calificados como “diáconos” (siervos), y los apóstoles los separaron para el ministerio. Esteban era uno de ellos.

Podemos considerar a Esteban, también, un evangelista. Mientras estaba ministrando, él fue preso y juzgado por el mismo consejo que había condenado a Jesús y a los apóstoles. Sin embargo, el poderoso testimonio de su ministerio, y también el de su muerte, provocó un gran impacto sobre los judíos y generó un fuerte movimiento misionero. “Los que habían sido esparcidos a causa de la persecución que hubo con motivo de Esteban, pasaron hasta Fenicia, Chipre y Antioquía, no hablando a nadie la palabra, sino solo a los judíos” (Hech. 11:19).

Podemos considerar a Esteban un mártir. Él no solamente tuvo un juicio muy parecido al de Jesús en sus inconsistencias, sino también murió con una oración semejante en los labios: “Señor Jesús, recibe mi espíritu” (Hech. 7:59). Un escarnecedor preguntó cierta vez: “¿Por qué Dios no hizo algo por Esteban mientras él estaba siendo apedreado?” En realidad, Dios sí hizo algo por él: le dio la capacidad de perdonar a sus asesinos y orar por ellos. Además de eso, hizo que aquel momento dejara fuertes marcas en el corazón de Saulo (Hech. 22:20), que después hicieron de él un héroe del cristianismo. Tertuliano afirmó que la sangre de los cristianos era como una semilla que producía un número mayor de cristianos. Fue lo que ocurrió con el martirio de Esteban.

Cristianos verdaderos viven para servir y, hasta después de muertos, su testimonio continuará vivo. Ten una vida llena de gracia y poder, permite que Dios te use como siervo, evangelista y, si fuera necesario, también como mártir. En el cielo conocerás los resultados y recibirás la verdadera recompensa.