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“Mas el que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna” (Juan 4:14).

Los manantiales son corrientes de agua usadas para el abastecimiento de la población. Ríos, represas y nacientes están entre esas fuentes que propician subsistencia para quien se beneficia de ellas. Por causa de su valor incomparable, los manantiales pueden representar la riqueza de la salvación.

En el diálogo con la mujer samaritana, Jesús le dijo que su conversión haría de su existencia una fuente que fluya para vida eterna. En otras palabras, el Señor le garantizó que la aceptación de él significa tener acceso a la fuente inagotable de la gracia.

Siguiendo esta bellísima metáfora, Robert Robinson compuso uno de los himnos más amados de la historia del cristianismo: “Fuente de la vida eterna”, que presenta la seguridad de que los dones de Dios nunca cesan (Himnario adventista del séptimo día, N° 290).

Robinson nació en 1735, en una familia muy humilde. Con catorce años, su madre lo envió a Londres para que aprendiera la profesión de barbero. Después de la muerte de su padre, Robert se transformó en un adicto al alcohol y pasó a vivir de modo depravado. Después de asistir a las reuniones del gran evangelista George Whitefield, entregó su vida a Jesús y decidió ser un pastor. “Fuente de la vida eterna” es el resultado de su confianza en el amor de Dios y en la seguridad de que las fuentes del pecado no pueden satisfacer el corazón.

Jesús es el verdadero manantial. Fue él quien inspiró a Robinson a escribir ese himno. En esa poesía poderosa se nos recuerda que no importa cuán metidos estemos en el lodo del pecado, cuán frustrados o decepcionados nos sintamos: podemos confiar en Jesús. No olvides que “Satanás tiembla y huye delante del alma más débil que busca refugio en ese nombre poderoso” (El Deseado de todas las gentes, p. 105).

El Señor puede rescatar, levantar y dar una nueva oportunidad a cualquier persona. Él no consulta tu pasado para determinar tu futuro. Incluso aunque estés débil o herido, estás en las manos de un “Dios amante que se preocupa por ellos, y lo reconocen como la gran Fuente de todo bienestar y consuelo, la fuente inextinguible de la gracia” (Conducción del niño, p. 138).

Recurre hoy a Jesús, la infinita fuente de la salvación. En él encontrarás descanso para el corazón y saciarás tu sed de vida eterna.