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La hora de su juicio

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“...Porque la hora de su juicio ha llegado...” (Apocalipsis 14:7).

El tema del juicio está en el corazón del libro del Apocalipsis. Ese es un asunto mal comprendido por mucha gente que vive con miedo y preocupaciones. Muchos creen que el juicio es una actitud arbitraria de parte de Dios, con patrones rígidos, casi inalcanzables, y que debilita la seguridad de la salvación. Tal vez por ese motivo es un mensaje que se presenta pocas veces desde nuestros púlpitos. En algunos casos, cuando es presentado, el énfasis es agresivo, desequilibrado u ofensivo para otras personas y confesiones.

En la Biblia como un todo, y específicamente en los tres mensajes angélicos, el juicio no es una condenación, sino una oportunidad de salvación ofrecida por Dios. Nunca es realizado contra el pueblo de Dios; por el contrario, siempre es a su favor.

Tal vez tú todavía tengas dudas sobre la necesidad real de un juicio, puesto que Dios ya sabe quién será salvo y quién estará perdido. Sin embargo, es necesario entender que el juicio no ocurre para que Dios descubra fallas y pecados, o para que condene a una persona culpable. El juicio es necesario para rebatir las acusaciones del enemigo contra el pueblo de Dios. Es una oportunidad especial para que el universo entienda mejor lo que está por detrás del conflicto entre el bien y el mal, y también para que Dios nos declare oficialmente inocentes. Es el momento de dejar en claro que no tenemos culpa alguna, porque él ya pagó el precio. Más que analizar la situación del ser humano, el juicio evalúa el carácter de Dios.

Si fueras a enfrentar un juicio humano, básicamente necesitarías dos cosas para solucionar tu problema: el mejor abogado y descubrir al verdadero culpable. En el juicio divino, Jesús ofrece las dos cosas. Él es el mejor abogado y, al mismo tiempo, asume toda la culpa que está sobre ti, y te da completa libertad. Entonces ¿por qué tener miedo del juicio o presentarlo de manera negativa?

Por otro lado, no podemos jugar con la bondad divina. Recuerda: “Tenemos que aprovechar al máximo nuestras oportunidades presentes. No se nos dará otro tiempo de gracia en el cual prepararnos para el cielo” (Eventos de los últimos días, pp. 240, 241).

Responde a este don de gracia con una vida de fidelidad y gratitud.