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Olvidaron a Jesús

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“Terminada la fiesta, emprendieron el viaje de regreso, pero el niño Jesús se había quedado en Jerusalén, sin que sus padres se dieran cuenta” (Lucas 2:43, NVI).

Alos doce años, Jesús vivió la transición entre la infancia y la juventud, como era común para los judíos. Para celebrar ese momento, sus padres lo llevaron a la fiesta de la Pascua, en Jerusalén. Elena de White describe el acontecimiento: “Por primera vez el niño Jesús miró el Templo. Vio a los sacerdotes de albos vestidos cumplir su solemne ministerio. Contempló la sangrante víctima sobre el altar del sacrificio. [...] Todo acto parecía ligado con su propia vida” (El Deseado de todas las gentes, pp. 57, 58).

La fiesta terminó y la familia comenzó su viaje de regreso, pero José y María olvidaron a Jesús. “El placer de andar con amigos y conocidos absorbió su atención, y no notaron la ausencia de Jesús hasta que llegó la noche [...]. Pero durante un día entero habían perdido de vista al que no debían haber olvidado un momento” (ibíd., pp. 60, 61). Recién tres días después ellos lo encontraron en el Templo, discutiendo con los doctores de la Ley, que “quedaron asombrados al oír sus respuestas” (ibíd., pp. 58, 59).

Esta historia tan extraña ¿puede repetirse también en nuestros días? Cuando terminan nuestras fiestas espirituales, proyectos misioneros y actividades de la iglesia, ¿qué nos llevamos? ¿Un encuentro con amigos, un momento social, una foto, un show con cantantes famosos o el mensaje elocuente de un predicador? No podemos olvidar que nuestros cultos, sermones, encuentros, proyectos y música no son objetivos en sí mismos, sino tan solo medios para llevarnos a Jesús.

Si lo olvidamos, será más difícil encontrarlo después. Hay oportunidades que no se repiten, personas que terminan demasiado lejos y prioridades distintas que terminan ocupando nuestro corazón.

Jesús es el centro de la Biblia y necesita también ser el centro de nuestras actividades. Como él mismo dijo: “Escudriñad las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí” (Juan 4:39). Quien busca en la Palabra encuentra el camino de la salvación.

Describiendo el incidente mencionado en el texto bíblico de hoy, Elena de White da uno de sus más preciosos consejos: “Sería bueno que cada día dedicásemos una hora de reflexión a la contemplación de la vida de Cristo. Deberíamos tomarla punto por punto, y dejar que la imaginación se posesione de cada escena, especialmente de las finales” (ibíd., p. 63). Por eso, no lo pierdas de vista. Pasa el día con él por la fe y estate listo para, en poco tiempo, encontrarlo en su glorioso retorno.