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Puertas

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“He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo” (Apocalipsis 3:20).

En Apocalipsis 2 y 3 están registradas las cartas dirigidas originalmente a las siete iglesias del Asia Menor. Su aplicación profética se refiere a los diferentes períodos del cristianismo, desde la primera hasta la segunda venidas de Cristo. La Iglesia Adventista del Séptimo Día nació entre el mensaje de la sexta y la séptima iglesias: Filadelfia y Laodicea, que presentan dos puertas de oportunidades (vers. 8, 20).

Sin embargo, Dios tiene un mensaje especial para Laodicea, la iglesia de los últimos días. Cuando el apóstol Juan escribe el mensaje de Cristo para la iglesia de aquella ciudad, el cristianismo estaba establecido allí hacía más de cuarenta años. La invitación estaba destinada a quienes ya conocían a Jesús.

El mensaje es duro, pero presenta una oportunidad que Dios nos da para que evaluemos nuestra condición espiritual. La fuerte condenación es solo el resultado de nuestra grave condición. Con más amor, interés y oración, podemos arrepentirnos y desviar de nosotros la reprobación divina. El objetivo de Dios siempre es salvar.

En el mensaje a la iglesia de Laodicea, el foco está en el amor de Jesús. Él nos dice: “Yo reprendo y castigo a todos los que amo; sé, pues, celoso, y arrepiéntete. He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo” (Apoc. 3:19, 20). En otras palabras, su mensaje es: “Yo no voy a desistir de ti”.

La expresión “yo estoy a la puerta y llamo” revela el interés y la urgencia de Dios por salvarnos. Él insiste en darnos la oportunidad que cambiará nuestro destino. Sin embargo, él no fuerza la entrada; nos dice: “Si alguno oye mi voz y abre la puerta”. Él golpea la puerta de nuestro corazón, pero la llave está del lado de adentro, en nuestro poder.

Quien decide abrir la puerta participa con Jesús de un banquete de santidad y se alimenta de vida eterna. Mientras la puerta de la gracia esté abierta, Cristo no desistirá de golpear la puerta de tu corazón. Abre la puerta de tu vida y déjalo entrar. Mientras tanto, entra también por la puerta de la salvación, que él todavía mantiene abierta para ti.