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El cuidado de Dios

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“Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias” (Filipenses 4:6).

En 2002, con mi familia pasamos por una situación que nos causó estrés y ansiedad. En esa época, yo era director del Ministerio Jóvenes Adventistas de la Unión Nordeste Brasileña y debía participar del Congreso Sudamericano de Jóvenes, en la República de Chile. Con poca experiencia en viajes internacionales, llegamos al aeropuerto sin el pasaporte de mi hijo, que era un bebé. Por tal motivo, no nos autorizaron a embarcar con el niño. Yo tenía que ir al país mencionado, pero estaba triste por no poder llevar a mi familia. Intentamos todas las posibilidades, pero nada nos dio resultado positivo. Mi esposa, Adriene, y nuestro hijo, Matheus, se quedaron con mis suegros en Río de Janeiro para intentar hacer los documentos, con la esperanza de embarcar al día siguiente.

Sin embargo, lo que estaba mal iba a empeorar. El juzgado de menores estaba en huelga. Como si eso no fuera suficiente, yo no había dejado ninguna autorización escrita para que Adriene hiciera sola los documentos del bebé.

A pesar de todo, ella decidió intentarlo. Después de mucha oración e insistencia, fue atendida por la persona responsable. La funcionaria se resistió a preparar el documento sin la autorización del padre; pero, por la particular situación, terminó aceptando al abuelo como responsable.

Ahora faltaba el pasaporte. Tensa por la situación, Adriene, en compañía de mis suegros, fue hasta el órgano federal responsable orando y pidiendo otro milagro. Entonces, dos hombres les dieron una atención especial. Uno de ellos completó personalmente los formularios, y mi esposa solamente tuvo que firmar. En pocos minutos, ella recibió el pasaporte de Matheus. Más tarde, ella descubrió que había sido atendida por el jefe de la Policía Federal. Al final del día, después de haber sido testigo de muchos milagros, mi esposa embarcó a la República de Chile con nuestro hijo.

Aquella parecía una situación imposible, pero Dios cuidó de todo. Experimentamos lo que Elena de White dice: “En toda emergencia, debemos reconocer que la batalla es [del Señor]” (Profetas y reyes, p. 150).

Si quieres sentir la paz de Dios en medio de los desafíos de la vida, haz todo lo que esté a tu alcance, pero no dejes de colocar cada necesidad en las manos del Señor con oración, súplica y acción de gracias. Él siempre hará lo mejor.