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Un amigo en Jesús

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“Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando” (Juan 15:13, 14).

El nombre de Guillermo Miller es bien conocido por todos los adventistas del séptimo día, tanto por el mensaje que predicó como por todo lo que ocurrió en torno a 1844. Por lo tanto, su caminata con el Señor también merece ser conocida, pues sirvió como base para su conversión, su predicación y para el reavivamiento que causó en la vida de millares de personas.

Miller fue un agricultor íntegro, de corazón puro, que deseaba sinceramente conocer la verdad. Dios lo eligió para rescatar el mensaje de la segunda venida de Cristo, que ya venía siendo estudiado en diferentes lugares, pero fue potenciado en sus manos. Guillermo Miller huyó de esta responsabilidad cuanto pudo, pero Dios lo buscó, confirmó su llamado y le dio las condiciones necesarias para conducir ese movimiento.

En su infancia, él tuvo el primer contacto con la religión; pero al llegar a la juventud, por influencia de amigos deístas, pasó a creer en un mundo creado pero abandonado por Dios a merced de causas naturales. A los 34 años, decidió volver a estudiar la Biblia en busca de respuestas a sus inquietudes. Se sentía infeliz, pero no sabía bien cuál era el motivo de este sentimiento.

Finalmente, Miller encontró a su verdadero Amigo. “Súbitamente”, dice él, “el carácter de un Salvador impresionó mi mente. Percibí que existía un ser tan bueno y compasivo que hacía la expiación por nuestras transgresiones, librándonos, de esa manera, de sufrir la pena del pecado”. Descubrió que la Biblia no era un libro solo de historia, filosofía o profecía, sino la revelación del Salvador.

Profundizó en el estudio sistemático de la Biblia; comenzando con el libro de Génesis, fue avanzando versículo tras versículo. Su interés se concentró en las profecías relacionadas con el tiempo, especialmente las de los libros de Daniel y el Apocalipsis. El resultado de ese estudio serio de las Sagradas Escrituras tuvo su auge con el movimiento del 22 de octubre de 1844.

Antes que leer la Biblia y otros escritos inspirados, realizar un gran movimiento de reavivamiento o, incluso, entregar la vida por la misión, es necesario encontrar en Jesús a un Amigo. Solamente a partir de ese descubrimiento todo lo demás en la vida comienza a tener sentido y la existencia pasa a tener la motivación correcta.