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Tiempo y señales

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“Y estando él sentado en el monte de los Olivos, los discípulos se le acercaron aparte, diciendo: Dinos, ¿cuándo serán estas cosas, y qué señal habrá de tu venida, y del fin del siglo?” (Mateo 24:3).

En 2010, poco antes del inicio de la Copa del Mundo de Sudáfrica, recibí un folleto de más o menos treinta páginas. En él, alguien presentaba su “visión profética” de cómo aquel evento deportivo sería la última señal del fin del mundo. Por medio de una pirámide, el autor intentaba convencerme de que había una combinación de resultados en cada una de las copas y que eso demostraba la existencia de un poder religioso que estaba en el control de todo. La persona profetizaba, además, que su país sería el campeón y que todas las cosas se aclararían. Su país no ganó la copa, nada se aclaró y el fin no llegó.

Fue solo un intento por descubrir la última señal o encontrar el período aproximado del regreso de Jesús. Los discípulos también tenían esa curiosidad; por eso, fueron hasta Jesús pidiéndole aclaraciones: “Dinos, ¿cuándo serán estas cosas, y qué señal habrá de tu venida, y del fin del siglo?” (Mat. 24:3). Querían conocer con más precisión el tiempo y las señales.

Para protegerlos, “Jesús no consideró por separado la destrucción de Jerusalén y el gran día de su venida” (El Deseado de todas las gentes, p. 581). Por otro lado, él también intentó ayudarlos a no concentrarse en la fecha, sino en el acontecimiento.

En este contexto, Elena de White afirmó: “No pueden decir que él vendrá de aquí a un año, o dos, o cinco años [...]. No hemos de saber el tiempo definido [...] de la venida de Cristo” (El evangelismo, p. 223). Tú no necesitas saber el día en el que Cristo regresará para estar preparado hoy.

Intentar definir el tiempo o especular sobre las señales es una estrategia del enemigo para empobrecer la preparación, para promover la motivación equivocada y desacreditar el mensaje. Debemos acompañar las señales con interés, pero analizarlas con prudencia, gastando menos tiempo en cálculos, secretos y especulaciones. Eso nos aparta del mensaje y, lo que es peor, nos puede quitar de vista el cielo.

Concentra tu tiempo y tu energía en menos especulación y más preparación. Así, tú estarás siempre listo para el encuentro con el Señor.