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Igualdad plena

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«Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay hombre ni mujer, porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús» (Gálatas 3:28).

Dos estudiantes universitarios están sentados en una sala de espera. Uno es miembro del equipo investigador, un «cómplice» del estudio. El otro es un voluntario que participa en el experimento. Le acaban de hacer unos test psicológicos y aún le quedan otros por realizar (en realidad, todos son test de autoestima). El interlocutor pretende estar allí con el mismo propósito, pero en realidad su cometido es manipular la autoestima del participante. Durante el tiempo de espera, el cómplice hace comentarios desdeñosos de las opiniones, ideas, ropa, entre otras, del voluntario. Cuando este completa su segundo test de autoestima, está claro que su nivel ha descendido. El mismo procedimiento se repite con otro participante, pero esta vez con mensajes de alabanza. El resultado de las pruebas arroja un aumento considerable de la autoestima frente a los resultados de antes del encuentro. Esto se repite con muchos otros sujetos. La conclusión es que la autoestima es susceptible de manipularse. Es muy fácil hacerlo con las palabras que decimos y cómo las decimos, especialmente cuando evalúan al contrario. Por ello, debemos ser muy cuidadosos con nuestras palabras, intentando siempre ser positivos, afirmando las cualidades de otros y, cuando hayamos de expresar desacuerdos, lo hagamos con mucho tacto y cariño.

Otro factor que nos ayuda a formar el concepto propio es pertenecer a cierto grupo: ser miembros de un equipo deportivo, ciudadanos de un país, grupo profesional, etcétera. El texto de hoy afirma la igualdad frente a Jesús, independientemente del grupo social al que pertenezcamos. Ser de una nacionalidad u origen étnico, ser mujer, o no poseer cierto nivel de estudios, puede hacer que la autoestima de muchos se resienta. Sin embargo, cuando el apóstol Pablo afirma que no hay «judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay hombre ni mujer», no solo está haciendo una declaración avanzadísima para su tiempo, sino que además está animando a los creyentes a que no se sientan inferiores (ni superiores) por su pertenencia a algún grupo social.

Nadie podrá arruinar tu autoestima a causa de tu género, clase, grupo o raza. Ante Cristo, todos somos iguales y debes sentirte privilegiado porque Jesús te ha escogido y eres salvo por su gracia. Ama, pues, a todos tus semejantes, sean del nivel o grupo que sean, tal y como Jesús te pide: «Que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros» (Juan 13:34).

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