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Hijos adoptivos

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«Pues no habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino que habéis recibido el Espíritu de adopción, por el cual clamamos: "Abba, Padre!"» (Romanos 8:15).

Nacer en una familia de reconocido prestigio, poseer dinero y propiedades, lograr metas profesionales o académicas excepcionales son algunas de las formas de conseguir honor y valía en un mundo secular. Pero estas cosas no tienen valor último para Dios. El Señor no mira al exterior, sino al corazón y valora al ser humano según su amor al Creador y a sus semejantes.

Sin embargo, y a pesar de que Dios tiene una escala de valores distinta a la de los hombres, Dios utiliza nuestra lengua y nuestra cultura para comunicarnos ideas y conceptos. Es lo que hace con el ejemplo de los esclavos y los libres usado repetidamente en el Nuevo Testamento para ilustrar el antes y el después de aceptar a Cristo como Salvador.

En la época romana no había agrupaciones sociales para defender la libertad y abolir la esclavitud. Poquísimos se planteaban la injusticia de hacer y mantener esclavos; era parte de la vida diaria. De hecho, los esclavos podían ser objeto de abuso y opresión, pero los que eran fieles y obedientes, solían recibir consideración y a veces llegaban a ser libres y contratados como ayudantes, educadores o contables, según su capacidad.

Pero el paso definitivo hacia la liberación era cuando un esclavo llegaba a ser hijo adoptivo. El versículo de hoy toma esta realidad de la sociedad del momento y presenta el contraste entre la esclavitud y la adopción. La primera era una condición de temor. Temor a ser humillado, apaleado, explotado física, emocional, o sexualmente... La segunda era la condición de hijo legítimo, la que permitía al adoptado dirigirse al pater potestas sin necesidad de título respetuoso, llamándolo simplemente Abba ('Papá o ‘Padre').

De acuerdo con la ley romana, el paso de esclavo a hijo adoptivo suponía un cambio gigantesco. Desde el momento de la adopción, el hijo adoptivo recibía un nombre nuevo y el apellido de la familia; por si fuera poco, adquiría el derecho a recibir la parte correspondiente de la herencia, como cualquier hijo legítimo; además, pasaba a ser considerado como hijo biológico y legítimo ante la ley romana; finalmente, la vida previa era borrada por completo y la esclavitud olvidada totalmente.

Aceptemos hoy el privilegio de no ser más esclavos, sino hijos de nuestro Dios. Ello nos hará olvidar nuestras deficiencias e imperfecciones para centrarnos en ese espíritu de adopción que nos da derecho a tratar a nuestro Padre celestial con el afecto de un niño.

Enero 29 Autoestima

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