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Mujer, vid y olivo

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«Tu mujer será como vid que lleva fruto a los lados de tu casa; tus hijos, como plantas de olivo alrededor de tu mesa» (Salmo 128:3).

Durante siglos y hasta en la actualidad, muchas casas de las regiones mediterráneas alojan un patio central que permite el flujo de luz a las ventanas interiores. Allí se plantan vides que crecen exuberantes por el clima benigno del Mediterráneo. La planta arroja sombra y provee decoración y el precioso fruto de la uva para deleite y nutrición de todos los miembros de la familia. En el patio juegan los niños bajo la mirada atenta de la madre que los supervisa desde cualquier lugar de la casa en la que se encuentre. Al atardecer el patio se hace habitáculo de reunión para toda la familia. Allí cenan y disfrutan de la velada convirtiendo el espacio en centro social en el que se afianzan los vínculos familiares.

El texto de hoy compara a la madre de la familia con esas vides que trepan por las paredes del patio. También a los hijos los asemeja a las ramas del olivo. En primavera, el árbol arroja ramilletes cargados de infinidad de granos pequeñísimos que son los frutos en potencia. Estas preciosas bolitas anuncian la cercana cosecha de aceitunas, algo así como los hijos que auguran la siguiente generación.

¡Qué hermosa descripción de la familia en donde se resalta el papel central de la madre, siempre presente y vigilante como la vid en el patio rodeada de hijos como plantas de olivo alrededor de la mesa familiar! (Salmos 128: 3). Por supuesto que el padre también juega un papel fundamental en la familia (1 Tesalonicenses 2:11).

En este ambiente idílico puede darse y recibirse la mejor forma de educación que perdurará en el tiempo. Pero, de la misma forma que el olivo y la vid necesitan el poder de Dios para crecer, la intervención divina es esencial, pues las mejores técnicas educativas serían vanas sin el Espíritu del Señor. Es necesario el poder sobrenatural para la estabilidad familiar. No en vano reza el texto: «A uno que prevalece contra Otro, dos lo resisten, pues cordón de tres dobleces no se rompe pronto» (Eclesiastés 4:12). Ese tercer cordón en la familia es el poder invencible de Dios.

Permanece hoy abierto a la influencia divina para que la aplicación de los buenos principios pedagógicos pueda hacer florecer niños y jóvenes que amen y obedezcan a Dios.

Febrero 05 Familia

 


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