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Inmoralidad en Corinto

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«Por causa de las fornicaciones tenga cada uno su propia mujer, y tenga cada una su propio marido» (1 Corintios 7:2).

Corinto se considera una de las ciudades más prósperas de la antigüedad. Situada en Grecia, a unos 80 km al sur de Atenas, Corinto era la encrucijada entre el norte (Grecia continental) y el sur (el Peloponeso) y entre el este (Asia) y el oeste (Roma). Sus dos puertos acaparaban la mayor parte del transporte del mar Mediterráneo. Era lugar de paso de marinos, soldados, mercaderes y viajeros de todo tipo. Fue ciudad de mucha importancia durante el Imperio griego y aún más durante la ocupación romana, especialmente después de la reconstrucción que Julio César llevó a cabo en los años 46-44 a. C. Entonces alcanzó mayores dimensiones y la restauración y expansión de templos, plazas y mercados. Se estima que, durante el primer siglo de la era cristiana, Corinto contaba con medio millón de habitantes y con el mercado más grande del Imperio romano, además de un anfiteatro para catorce mil espectadores.

Pero la abundancia y la prosperidad trajeron consigo inmoralidad y disipación. La propia lengua griega adoptó un vocablo, korintiazomái, que se traduce 'yo soy como un corintio, expresando la condición de libertino sexual. Igualmente, Korintia kore (joven corintia) se utilizaba para referirse a una prostituta. Pero lo que ha dado más fama a la disipación de la antigua Corinto es la actividad del templo dedicado a Afrodita, la diosa del amor. El culto a Afrodita venía de los tiempos de la Grecia imperial y continuó en la época romana, como ponen de evidencia monedas romanas con la imagen de dicho templo. Este santuario contaba con un enorme grupo de prostitutas que se ofrecían como vehículo sagrado de sexualidad a los ciudadanos y viajeros.

En medio de esta gran metrópoli se encontraba una pequeña congregación de nuevos cristianos, grey que había fundado el mismo apóstol Pablo (1 Corintios 4:15) y que estaba sujeta a las ofertas pecaminosas del ambiente. Por ello, Pablo insta a los corintios a tener su propia mujer y a ellas su propio marido, una salvaguarda en consonancia con el plan divino desde la Creación.

Las tentaciones de nuestro tiempo no son necesariamente menores. No es extraño que un tercio de los divorcios tenga su causa en la infidelidad. Los cristianos de hoy, como los corintios, no estamos libres de este problema. Reflexiona hoy en los enormes daños que la inmoralidad sexual y la infidelidad conyugal causan a las relaciones familiares y cómo deterioran nuestra relación con Dios.

Decide hoy, por su gracia, seguir la recomendación bíblica de la fidelidad.

Febrero 06 Familia

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