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Los hermanos Durero

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«Si alguno dice: “Yo amo a Dios", pero odia a su hermano, es mentiroso, pues el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿Cómo puede amar a Dios a quien no ha visto?» (1 Juan 4: 20).

Cuenta la historia que la familia Durero, que vivió en el siglo XV cerca de la ciudad de Núremberg (Alemania), tenía dieciocho hijos. El padre era orfebre, lo cual le habría permitido vivir con desahogo si no fuera por su abundante prole. Alberto, uno de sus hijos, había mostrado potencial artístico en sus dibujos infantiles y deseaba ser dibujante, pintor o grabador. De igual manera, uno de sus hermanos también demostró habilidad para ello, expresando la misma intención. Pero ambos muchachos sabían que su padre carecía de medios para enviarlos a academias y universidades a formarse como artistas.

Después de numerosas conversaciones, los dos aspirantes a artistas acordaron lo siguiente: lanzarían una moneda para decidir su suerte; el perdedor trabajaría en una mina cercana para costear los estudios de su hermano durante cuatro años. Por su parte, el ganador se comprometía, al final de los cuatro años de formación, a pagar los estudios de su hermano, vendiendo sus obras de arte e incluso trabajando en la mina si fuera necesario.

Alberto Durero ganó y ambos sellaron su pacto. El joven triunfó en Núremberg y sus obras superaron en calidad a las de varios de sus maestros. Viajó a Basilea (Suiza) y a Estrasburgo (Francia) para trabajar en proyectos artísticos y pronto su nombre fue conocido en los círculos de arte europeo. De regreso al hogar paterno, habló con su hermano para llevar a cabo el plan, pero el hermano le mostró sus manos. El trabajo de la mina había dañado seriamente sus dedos de forma que ya no podía usar el pincel ni el lápiz para realizar el delicado trabajo artístico. En esas condiciones, le dijo: «Hermano, ya es tarde para mí, pero estoy contento de haber sacrificado mis manos para que tú realices tu sueño». Alberto, conmovido por tal magnanimidad, mostró su gratitud mediante un dibujo inspirado en las manos de su hermano. Lo llamó Manos, pero hoy es conocido como Manos que oran, imagen distinguida que ha inspirado a millones de personas.

Si bien es cierto que la relación entre hermanos es con frecuencia turbulenta en la Biblia, la historia de hoy muestra que no siempre tiene que ser así. Amar al hermano es posible con el poder que viene de lo alto. Habla hoy a tu hermano con cariño, con generosidad y perdónalo si te ha ofendido, como nos ordena el Señor (Mateo 18:21-22). La relación se restaurará con más fuerza.

Febrero 26 Familia

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