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¿Quién es fuerte?

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«Mejor es el que tarda en airarse que el fuerte, el que domina su espíritu que el conquistador de una ciudad» (Proverbios 16:32).

Lucía era una estudiante de magisterio en la facultad universitaria donde ejercí como docente (J). Era una joven inteligente, constante y organizada. Rebosaba fuerza física e intelectual. Avanzó con éxito en sus estudios y comenzó el periodo de prácticas en una escuela pública. Su futuro era prometedor pues, con su capacidad y el certificado estatal de maestra, podía encontrar un buen empleo en cualquier parte. Sin embargo, un día cuando los niños estaban especialmente revoltosos, Lucía perdió el control y se enojó excesivamente, profiriendo gritos e insultos contra sus alumnos. Como era de esperar, toda la comunidad escolar, incluido el director, se enteró de que Lucía se había encendido en ira en el salón de clase. La reacción fue fulminante. El director le comunicó que no podía continuar las prácticas en ese centro. La facultad fue informada y Lucía suspendió la asignatura de prácticas no pudiendo concluir su carrera.

Esta joven, aunque brillante en sus estudios, perdió mucho por airarse de forma inadecuada en el momento y lugar inoportunos. Una acometida de ira siempre es mala, pero tal circunstancia tuvo muy malas consecuencias. Lucía perdió la oportunidad de «conquistar» fácilmente una plaza profesional excelente. Allí se cumplió la sentencia de que «más vale vencerse uno mismo que conquistar ciudades» (Proverbios 16:32, DHH).

Enojarse de forma iracunda con los demás no solo es una barrera en las relaciones y un obstáculo para alcanzar objetivos importantes. También es una conducta pecaminosa: «La ira del hombre no obra la justicia de Dios» (Santiago 1:20). Por lo tanto, el primer paso para resolver el problema es confesarlo, pues «el que oculta sus pecados no prosperará, pero el que los confiesa y se aparta de ellos alcanzará misericordia» (Proverbios 28:13). Desafortunadamente, algunos no lo confiesan ni lo reconocen y hasta culpan a otros («¡Eres tú quien me incita a la ira!»). Pero echar la culpa a otros no es la solución; es necesario confesarlo a Dios y, además, pedir perdón a la persona dañada.

Si tienes tendencia a enojarte fácilmente, entrégate al Señor para que él tome las riendas de tu temperamento. Intenta, por su gracia, seguir el consejo de Pablo: «Quítense de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritería, maledicencia y toda malicia. Antes sed bondadosos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo» (Efesios 4:31-32). Por último, deja abierta la posibilidad de recibir ayuda profesional, pues Dios, muchas veces, obra por medio de los expertos.

Marzo 09 Relaciones

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