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Un espíritu sin freno

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«Como ciudad destruida y sin murallas es el hombre que no pone freno a su espíritu» (Proverbios 25:28).

El famoso actor y humorista neoyorquino Jerry Seinfeld suele decir: «Hay dos cosas que me permiten averiguar la verdadera naturaleza de las personas. La primera es verles conducir un vehículo; la segunda es oírles hablar del matrimonio». Aunque lo diga en broma, la declaración es seria. La gente suele perder el control en situaciones de estrés, especialmente cuando la tensión va asociada a las relaciones interpersonales: cónyuge, hijos, amigos, colegas, vecinos, etcétera. Conducir un coche, especialmente en la gran ciudad, puede ser una situación altamente estresante y casi siempre el conflicto viene por la conducta de otros automovilistas. La vida en matrimonio puede también causar tensión, especialmente en momentos de dificultades profundas entre los esposos. En situaciones tales, cualquiera puede perder el control. El versículo de hoy menciona dos consecuencias por la falta de autocontrol; la derrota total de uno mismo y la indefensión: «Ciudad destruida y sin murallas»,

El desenfreno del espíritu no es otra cosa que el enojo. El disgusto hiere los sentimientos del que lo recibe, crea temor, desconfianza y distancia, incluyendo odio hacia el iracundo. También daña la salud mental y física del que se enoja, pues le produce estrés, falta de sentido común, pensamiento obsesivo, culpa y frustración, e incluso hasta depresión. La ira conlleva además riesgos de naturaleza fisiológica: enfermedad coronaria, elevación de la presión sanguínea, diabetes, problemas de colesterol y pérdida de defensas.

Y el problema va más allá de los riesgos físicos y mentales, pues alcanza la salud moral. No es extraño que la Biblia mencione tantas veces los peligros de las palabras improcedentes y del enojo (Salmo 37:8; Proverbios 12:18; 14:29; 25:28; 29:20; Eclesiastés 7:9). Jesús mismo pronuncia la firme sentencia de que el que se enoja e insulta a su hermano es culpable de juicio y queda expuesto al infierno de fuego (Mateo 5:21-22).

Pero es posible apartar de uno mismo este problema que quiebra las relaciones. Si no fuera así, no diría el salmista: «Deja la ira y desecha el enojo» (Salmo 37:8). Para ello es necesario confiar por completo en la divinidad: «El fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley» (Gálatas 5:22-23). Repite pausadamente estas virtudes y ora a Dios para que las preserve en ti a lo largo del día de hoy y también en el futuro.

Marzo 19 Relaciones

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