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Chismes y habladurías

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«El que anda con chismes descubre los secretos: no te entremetas, pues, con el suelto de lengua» (Proverbios 20:19).

Kent Crockett, teólogo y autor de libros devocionales, cuenta de una aldeana que difundió una historia de carácter difamatorio sobre su jefe. Pronto las habladurías corrieron de boca en boca y la calumnia estaba dispersa por toda la localidad. Al ver el alcance de su acción, la mujer sintió remordimiento y se presentó ante su jefe para confesar que había sido ella quien había iniciado la difamación y le rogaba que la perdonase.

El supervisor le dijo:

-Estoy dispuesto a perdonarte con una condición: ¿Ves este saco [bolsa] de plumas? Llévalo a la torre del pueblo, sube a su parte más alta y arroja todas las plumas al vacío. Regresa con el saco y te perdonaré por lo que has hecho.

Procedió la mujer a hacer su parte y regresó con el saco vació para recibir el perdón.

-Ahora, solo tienes que ir y recoger todas las plumas esparcidas -indicó el jefe.

-¡Pero eso es imposible! -protestó la mujer.

A lo que el ofendido replicó:

—Te perdono, sí, pero quiero que sepas que esa falsa información que has divulgado, es tan difícil de recoger como las plumas que arrojaste desde la torre.

Chismes, calumnias, difamaciones, comadreos... tienen componentes comunes: inventar, exagerar, mentir o tergiversar la verdad objetiva. Se trata de una actividad deleitosa para muchos, pero muy pocos son conscientes del daño que hacen. ¿Por qué es una práctica tan común? Chismear con las faltas de otros puede proporcionar un sentimiento de superioridad, una satisfacción intima por hacer a otros culpables, mientras que el chismoso piensa que es inocente. También se utiliza como arma para vengarse o como una consecuencia de la envidia, emoción muy común de la que algunos pretenden escapar hablando mal del envidiado. Finalmente, algunos intentan aliviar sus frustraciones lanzando habladurías.

Las consecuencias pueden ser muy graves arruinando el honor y la dignidad de las víctimas. Lo triste es que muchas veces se utiliza el chisme contra amigos, parientes y allegados, actuando con hipocresía y perfidia.

Pero lo peor de todo es que tales actividades están repletas de inmoralidad. Varios textos bíblicos condenan firmemente la calumnia. Por ejemplo: «Al que solapadamente difama a su prójimo, yo lo destruiré» (Salmo 101:5). El versículo de hoy nos ofrece un consejo adicional. No solo desaconseja el chisme, sino también advierte contra la relación con el «suelto de lengua» («chismoso» y «murmurador», según otras versiones).

Proponte no propagar los cuentos y evita intimar con quienes tienen por práctica iniciar habladurías. Es el consejo de la palabra inspirada.

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