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Prosperidad

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«Vuelve ahora en amistad con Dios y tendrás paz; y la prosperidad vendrá a ti» (Job 22:21).

En la Palabra de Dios, la prosperidad y la obediencia a los mandamientos divinos, se encuentran relacionadas. «Bienaventurado el hombre que teme a Jehová y en sus mandamientos se deleita en gran manera. Su descendencia será poderosa en la tierra; la generación de los rectos será bendita. Bienes y riquezas hay en su casa, y su justicia permanece para siempre» (Salmos 112:1-3). Aunque la prosperidad comprende distintos aspectos que van desde el desarrollo moral y espiritual hasta el incremento de los bienes y las riquezas materiales, frecuentemente se pone el énfasis en el progreso económico sobre todo lo demás.

Pero la relación entre las riquezas y la obediencia a los mandamientos de Dios es un poco más compleja de lo que aparenta. Hay quienes han tenido prosperidad como consecuencia de su fidelidad a los principios divinos, y hay quienes, por su fidelidad, han sufrido grandes pérdidas.

En cierta ocasión el rey Acab quiso comprar una viña que colindaba con su palacio. De acuerdo con las leyes mosaicas, esto no era lícito porque «ningún terreno podía transferirse en forma permanente por una venta o una permuta; y cada uno de los hijos de Israel debía conservar "la heredad de sus padres” (Números 36:7)» (Profetas y reyes, pág. 152). Por lo que su dueño, Nabot, obedeciendo las leyes divinas, rehusó aceptar la oferta del rey. Tal acto le costó la vida. ¡Piensa que, si hubiese complacido al rey, ignorando los principios, podría haber obtenido «otra viña mejor»! (1 Reyes 21:2).

Muchos «están dispuestos a pisotear la ley de Dios por considerarla como un obstáculo para su prosperidad material, porque ella prohíbe las prácticas deshonestas, la codicia, la mentira y el fraude» (El conflicto de los siglos, pág. 572). Cuando la prosperidad depende de tales prácticas es preferible la humillación y la pobreza.

Los amigos de Job equipararon la prosperidad económica con la bendición y aprobación divina cuando expresaron: «Vuelve ahora en amistad con Dios y tendrás paz; y la prosperidad vendrá a ti» (Job 22:21). Sin embargo, se autoengañan quienes evalúan las riquezas acumuladas o el poder obtenido, como si se tratase de evidencias del favor de Dios.

No son las riquezas la evidencia de la aprobación divina, sino la fe en Dios y la fidelidad a sus mandamientos, aunque esto signifique pobreza y ultrajes (Hebreos 11:36-38).

Si tienes la tendencia a pensar que la solvencia económica manifiesta la bendición de Dios, recuerda que Jesús, siendo pobre, creció en sabiduría, en estatura y en gracia para con Dios y los hombres (Lucas 2:52).

Abril 02 Principios y Valores

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