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Misericordia

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«¿Que Dios hay como tú, que perdono la maldad y olvida el pecado del remanente de su heredad? No retuvo para siempre su enojo, porque se deleita en la misericordia» (Miqueas 7:18).

La misericordia es uno de los principios fundamentales del gobierno de Dios. ¿En qué consiste la misericordia? Se cuenta que un soldado de Napoleón Bonaparte deserto del ejército francés, siendo penado con la muerte. Si bien la justicia exigía su ejecución, la madre del joven, desesperada por el inminente castigo, se acercó al emperador implorando el perdón de su hijo. Pero el frío general, indiferente al clamor de sus ruegos, prorrumpió con vehemencia:

—¡El no merece el perdón!

- Excelentísimo emperador -dijo sollozando la madre-, ¡le pido para él misericordia!

-¡Mujer, tu hijo no merece misericordia! -insistió Napoleón. -Lo sé, general —prosiguió ella—, si la mereciera, no sería misericordia.

«Si la mereciera, no sería misericordia», fue la respuesta de la angustiada madre, dando a entender que misericordia significa perdonar cuando el otro no se lo merece. Dice el relato que ante dicho argumento, el gran militar francés lo perdonó.

El texto bíblico de hoy revela algo aún más profundo acerca del carácter misericordioso de Dios. Él no solamente perdona y tiene misericordia, sino que se deleita en ejercitarla. ¿Recuerdas lo que sucedió cuando pendía de la cruz? «Mientras la sangre fluía de sus sienes heridas y el sudor teñido de sangre brotaba en su frente. De sus manos y sus pies caía la sangre, gota a gota, sobre la roca horadada para recibir el pie de la cruz. Las heridas hechas por los clavos se desgarraban bajo el peso de su cuerpo. Su jadeante aliento se fue haciendo más rápido y más profundo, mientras su alma agonizaba bajo la carga de los pecados del mundo. En medio de sus terribles sufrimientos Cristo ofreció su oración: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”» (El Deseado de todas las gentes, pág. 708).

¿Hay alguien a quien tú aún no hayas perdonado? Haber sufrido ofensas o ultrajes te da la oportunidad de ejercer misericordia. Sí, es cierto que quien te lastimó no se lo merece. Pero ¡de eso se trata la misericordia! Es posible que pienses "¿Cómo voy a perdonar si ni siquiera me ha pedido perdón?" Pues recuerda a Cristo. «Su espíritu se apartó de sus propios sufrimientos para pensar en el pecado de sus perseguidores. [...] No invocó maldición alguna sobre los soldados que le maltrataban tan rudamente. Cristo se compadeció de ellos exhalando una súplica para que fuesen perdonados» (El Deseado de todas las gentes, pág. 693). Y a nosotros nos pide: «Sed, pues, misericordiosos, como también vuestro Padre es misericordioso» (Lucas 6:36).

Abril 12 Principios y Valores

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