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Libertad

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«En el año veinticinco de nuestro cautiverio, al principio del año, a los diez días del mes, a los catorce años después que la ciudad fue conquistada, aquel mismo día vino sobre mi la mano de Jehová, y me llevó allá» (Ezequiel 40:1).

Solomon Northup fue un afroamericano nacido libre en el verano de 1808 en el pequeño pueblo de Minerva, ubicado en el estado de Nueva York. A la edad de treinta y tres años, engañado por una falsa oferta de trabajo, fue secuestrado y vendido como esclavo en el Distrito de Columbia. De allí, fue trasladado a Nueva Orleans, donde fue vendido para trabajar para diferentes dueños en la región del río Misisipi. Durante doce años sufrió injustamente todo tipo de maltratos hasta que, con ayuda de un abolicionista de la esclavitud y el apoyo del gobernador del estado de Nueva York, recuperó su libertad. Su autobiografía Doce años de esclavitud publicada en 1855, inspiró la película británico-estadounidense del mismo nombre, dirigida por Steve McQueen, y ganadora de tres premios Óscar en el año 2013.

No doce, sino veinticinco años fueron los que había vivido en cautiverio Ezequiel y el pueblo judío, bajo el yugo del rey de Babilonia. Tampoco fue un cautiverio injusto, puesto que Dios había anunciado por mucho tiempo que su libertad y prosperidad estaban condicionadas por la obediencia a sus mandamientos (véase Deuteronomio 30). Habiendo desobedecido obstinadamente los mandaros divinos, la protección de Dios se apartó de ellos, y ahora, ese pueblo privilegiado vivía sumiso bajo el dominio de los dioses que habían preferido. El recuerdo de tantos años de esclavitud se hacía más patente el día en que se cumplía el aniversario de la toma de la ciudad; catorce años habían pasado, desde que los caldeos habían prendido la ciudad santa. Sin embargo, en medio de las penurias y calamidades del destierro, Dios se presenta ante Ezequiel, para llevarlo «allá». Tres veces se repite la expresión de ser llevado hacia un lugar especial (40:1-3).

En visiones, a pesar de las circunstancias adversas, Ezequiel, cuyo nombre significa «Dios es mi fortaleza», fue llevado hacia la reconstruida Jerusalén. «Allá», Dios le pidió que describiese lo que veía: un templo lleno de detalles con sus muros, puertas y habitaciones que debían hacer vívida y real la visión celestial.

Cualquiera sea la circunstancia en la que puedas sentirte prisionero, recuerda que el Señor se presenta ante ti para elevar tus pensamientos. Al igual que Ezequiel, desea que mires más allá de tus cadenas y recuerdes que ha preparado un lugar. «Allá» hay un lugar concreto y real, donde disfrutarás con él, una eterna y plena libertad. Medita hoy en la Patria celestial.

Abril 16 Principios y Valores

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