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Altruismo

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«Y andad en amor, como también Cristo nos amó y se entregó a sí mismo por nosotros» (Efesios 5:2).

Conmovidos quedaron Judy y Dick, cuando los médicos les informaron que su hijo había nacido con una parálisis cerebral, que no le permitiría hablar o caminar en toda su vida. Como opción, les aconsejaron dejarlo en un centro asistencial, pues nunca se restablecería. Sin embargo, estos padres llevaron a su hijo consigo y decidieron entregarse a su cuidado y educación. Inmóvil y en silencio, el niño compartió la vida familiar durante doce años hasta que, gracias a la ayuda de un ordenador (computadora), logró comunicarse a través de palabras. Habiendo sido admitido en una escuela pública de Boston, cierto día manifestó el deseo de participar en una carrera en beneficio de un compañero lesionado. Sin pensarlo, el padre aceptó empujarlo en su silla de ruedas por un trayecto de 8 kilómetros. Fue en esa competencia cuando, por primera vez, Rick sintió que su discapacidad desaparecía. Alentado por este descubrimiento, Dick se entrenó para participar en nuevas y más complejas competencias, cada una de las cuales presentaba tanto un desafío como una motivación para continuar. Desde entonces, ambos participaron en más de mil eventos, incluyendo maratones, duatlones y las más exigentes competiciones Ironman. Mientras el padre corría, nadaba o montaba en bicicleta, el hijo era llevado de un lugar a otro en brazos, sobre una silla o jalado en una balsa. Gracias al amor y entrega de su padre, Rick pudo trascender sus propias limitaciones, logrando alcanzar, además, un grado académico en Educación especial en la Universidad de Boston.

Conmovido también quedó el cielo cuando la humanidad quedó paralizada, sin fuerza ni valor para resistir al pecado. Como opción, podría haberla abandonado, pues difícilmente se restablecería. Sin embargo, la Deidad decidió entregarse a su cuidado y redención. El Salvador del mundo ofreció su vida con el fin de que el hombre pudiese trascender sus limitaciones y alcanzar las más altas perfecciones. Este principio de entrega es el fundamento de la Ley de Dios y la esencia de todo el cristianismo.

Gracias al amor y la entrega de Dios puedes recordar que no estás solo en la carrera de la vida. Porque «el eterno Dios es tu refugio y sus brazos eternos son tu apoyo» (Deuteronomio 33:27), te invitamos a confiar en su firme compañía. Pero recuerda algo más: Rick Hoyt comenzó a sentirse libre cuando intentó ayudar a un compañero herido. Esa carrera de beneficencia en la cual mostró solidaridad y compasión por alguien semejante a él fue el inicio de una nueva vida, llena de éxito y felicidad. Tú puedes hacer lo mismo.

Abril 24 Principios y Valores

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