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Honestidad

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«Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?» (Jeremías 17:9).

¿Te consideras una persona honesta y confiable? ¿Eres sincero, a pesar de que esto podría perjudicarte? Muchas personas, principalmente las religiosas, responderían a este tipo de preguntas con un contundente «sí». Sin embargo, los investigadores David DeSteno y Piercarlo Valdesolo, de la Universidad del Noreste de Boston, han cuestionado la lealtad de las personas, evidenciando lo endémico de la hipocresía y advirtiendo que no se puede confiar ni siquiera en uno mismo. Para probar dicha hipótesis efectuaron una serie de estudios en los que las personas realizaban ciertos actos moralmente cuestionables para, a continuación, juzgar los mismos actos en otras personas. En uno de sus estudios, por ejemplo, los participantes debían lanzar una moneda al aire para determinar si tendrían que realizar una tarea agradable o una desagradable. Como el lanzamiento de la moneda se realizaba «a solas», sin saber que estaban siendo supervisados, el 90% de los examinados daba vueltas la moneda hasta conseguir la respuesta deseada. Ellos mismos habían declarado con anterioridad que el engaño en la tarea sería inmoral y, a pesar de ello, evaluaron sus propias acciones como justas y confiables. Seguidamente, cuando tuvieron que evaluar a otras personas que habían realizado sus mismos fraudes, fueron capaces de advertir el engaño, censurando dicha conducta como inmoral.

Es interesante notar que el punto principal de estas investigaciones no tiene que ver con la capacidad de evaluar correctamente el comportamiento ajeno, ni con identificar los actos inmorales en los demás. Más bien, se trata de ser honestos en el juicio que realizamos respecto a nosotros mismos, pues tendemos a borrar de la mente nuestros defectos y proyectarlos sobre los demás.

La Biblia cuenta que el rey David condenó a un hombre rico que se apoderó de la única oveja de un hombre pobre, sin percatarse del hecho que él mismo se había apoderado de la mujer de su prójimo, dándole muerte (2 Samuel 12). Por su parte, los fariseos acusaron a Jesús de quebrantar las tradiciones mosaicas, sin distinguir que ellos mismos estaban transgrediendo la ley de Moisés al planificar quitarle la vida (Juan 11:45-57).

Entendiendo la falibilidad humana, pareciera que con cierta preocupación, el salmista exclamó: «¿Quién puede discernir sus propios errores?» (Salmos 19:12). Es alentador saber que todavía podemos alzar los ojos al cielo y rogar a Dios, diciendo: «Líbrame de los [errores) que me son ocultos» (vers. 12).

Si deseamos ser verdaderamente honestos, examinemos nuestras inclinaciones y tendencias, y reconozcamos la gran necesidad de un Salvador. Solo Cristo Jesús puede mostrarnos nuestra verdadera condición.

Abril 25 Principios y Valores

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