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Integridad

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«Mejor es el pobre que camina en integridad que el fatuo de labios perversos». (Proverbios 19:1).

Hijo del sacerdote Hilcías, Jeremías fue un profeta hebreo cuya misión, asignada por Dios, fue llamar al arrepentimiento al pueblo de Judá y especialmente a sus gobernantes. Pero su mensaje de reprensión no agradó a sus oyentes, quienes estaban acostumbrados a escuchar mentiras, lisonjas y halagos provenientes de los falsos profetas (Jeremías 23). Tanto les incomodaron sus palabras que «cuando terminó de hablar Jeremías todo lo que Jehová le había mandado que hablara [...] le echaron mano, diciendo: "De cierto morirás!"» (Jeremías 26:8); y hasta «el rey procuró matarlo» (vers. 21).

Pensar que, si hubiese adulado a las personas, habría ganado muchos «amigos»; si hubiese dicho cosas agradables, habría infundido esperanza -, mejor dicho, falsas esperanzas- a sus coetáneos. Sin embargo, Jeremías prefirió la cárcel antes que la hipocresía, y «comer barro», antes que las mentiras. Sí, literalmente, el profeta se fue hundiendo en el cieno del pozo donde lo arrojaron. Sus vivencias quedaron registradas en el libro de Lamentaciones: «Me ataron vivo en una cisterna, y la cerraron con una piedra. Las aguas cubrieron mi cabeza, y dije: “¡Muerto soy!"» (Lamentaciones 3:53-54).

A pesar de ello, Jeremías mantuvo su integridad y recibió la visita divina en la misma cisterna donde se encontraba, obteniendo ánimo y consuelo. «Jehová, tu nombre invoqué desde la cárcel profunda, y oíste mi voz. [...] pues te acercaste el día que te invoqué y dijiste: "No temas”» (vers. 55-57).

Muchos se consideran íntegros al no practicar el robo, la fornicación o el adulterio; no obstante, la integridad abarca mucho más que ello. Dante Alighieri describe en La divina comedia, el descenso al infierno a través de una jerarquía de pecados. A medida que se va acercando al centro del infierno, aparecen pecados cada vez más graves. Curiosamente, según la lógica de Dante, un adulador sería más culpable que un homicida o un tirano.

En nuestros días, las mentiras, las lisonjas y la hipocresía pueden ser justificadas por el principio darwiniano de la supervivencia. Si el fin justifica los medios, entonces mentir, adular o buscar amistades por conveniencia es justificado para sobrevivir, prosperar o alcanzar mayores logros.

La Biblia advierte sobre aquellos «cuya boca habla cosas infladas, adulando a las personas para sacar provecho» (Judas 16); y señala que es mejor padecer haciendo el bien, si la voluntad de Dios así lo quiere, que haciendo el mal (1 Pedro 3: 17).

Ciertamente andar en integridad puede reportar daños o conflictos, pero puedes estar seguro que, en medio de las pruebas, Dios nunca te abandonará.

Abril 27 Principios y Valores

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