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Sígueme

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«Después de estas cosas salió y vio a un publicano llamado Leví, sentado al banco de los tributos públicos, y le dijo: "Sígueme". Él dejándolo todo, se levantó y lo siguió» (Lucas 5:27-28).

Mateo estaba sentado en el lugar de su trabajo habitual: el banco de los tributos IV públicos. No se destacaba particularmente por sus principios y valores, ni mucho menos por su integridad. Sin embargo, un día se encontró con Jesús quien, con solo una palabra, cambió el rumbo de su vida. Le dijo: «Sígueme»; y «él, dejándolo todo, se levantó y lo siguió». Mateo no formuló una sola pregunta acerca de su futuro, ni acerca de su estabilidad laboral. Tampoco pensó en las reacciones que su decisión podría ocasionar a su familia o amigos. Solo deseaba estar con Jesús, escuchar sus palabras, trabajar a su lado, y lo siguió.

En otro lado, un joven rico miraba el trato de Cristo para con los niños. Sintiéndose atraído por su bondad, se acercó a Jesús y le preguntó:

-¿Qué haré para heredar la vida eterna?

Más allá de referirle varios principios como no adulterarás, no matarás, no hurtarás y otros tantos mandamientos, la respuesta concluyente fue:

—Sígueme.

Pero el joven que aparentemente guardaba todos esos mandamientos no aceptó la invitación y, en su lugar, «se puso muy triste» y se fue (Lucas 18:18-23).

Así también, Felipe (Juan 1: 44), Pedro (Juan 21: 19) y otros tantos (Mateo 8:22; Lucas 9:59), de distinta raza o condición, han recibido la misma invitación de los labios de Cristo: «Sígueme». Y mientras espera una respuesta, su corazón clama con emoción: «¿Cómo podré abandonarte? [...] Mi corazón se conmueve dentro de mí, se inflama toda mi compasión» (Oseas: 11:8).

Mateo, Felipe y Pedro fueron personas comunes que siguieron a Jesús. Esas simples personas, junto al Maestro, fueron capaces de trastornar el mundo entero (Hechos 17:6). Del joven rico, que no quiso arriesgar sus riquezas o reputación, ni siquiera su nombre quedó registrado en la historia bíblica. Con todo, siguió su camino sombrío, solitario y triste.

En este día, la misma voz bondadosa se dirige también a ti. Con nítidas palabras impresiona tu mente diciendo: «Sígueme». No interesa si has tenido una vida ordenada, como la del joven rico o si has estado envuelto en asuntos moralmente cuestionables como el cobrador de impuestos. No importa en donde te encuentres, ni cuál sea tu condición. Por delante distingues dos rumbos factibles de proseguir. Más que decidir por un impulso momentáneo, puedes estudiar atentamente la Palabra de Dios. Encontrarás evidencias suficientes para decidir cuál es el mejor camino.

Abril 30 Principios y Valores

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