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¿Dónde estás, Dios mío?

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«¿Por qué estás lejos, Jehová, y te escondes en el tiempo de la tribulación?» (Salmos 10:1).

Jean Piaget, el padre de la psicología infantil, descubrió un hito en el desarrollo de los más pequeños: la permanencia del objeto. El bebé de meses frente a su juguete u objeto favorito mostrará entusiasmo al verlo y deseo por alcanzarlo. Pero cuando lo escondemos, aun ante sus propios ojos, el niño pierde todo interés. Para él, el objeto ha desaparecido por completo. Pero al sobrepasar su primer año de vida y, generalmente antes del segundo cumpleaños, cuando escondemos uno de sus juguetes en su presencia, ya no se conforma, sino que lo busca y hasta se incomoda si no lo encuentra, pues sabe que existe a pesar de no verlo. Los psicólogos consideran muy importante y positivo este logro natural, pues abre vías a aprendizajes más avanzados.

Con el paso de los años, los niños disfrutan jugando al escondite y haciendo trucos y magia en donde se hace desaparecer algo. ¡Cuántas carcajadas producen estas actividades en los chicos! Desaparecer y volver a aparecer es muy divertido, precisamente porque en el fondo saben que el objeto o la persona no han desaparecido realmente. Cuando se hacen mayores pierden el interés por estos juegos, probablemente porque de sobra saben que no hay desaparición, sino que el objeto sigue presente, aunque esté oculto a la vista.

El salmista pregunta: «Señor, ¿dónde estás? ¿Por qué te escondes precisamente en tiempo de tribulación?» En medio de la enfermedad, de la incertidumbre, del dolor, de la injusticia, del desprecio, de las desgracias o de la tristeza nos preguntamos, ¿dónde estás, Señor? Es una reacción humana natural, pero lo cierto es que Dios no se esconde. Él sigue cerca en el tiempo de tribulación. A veces decide no actuar, pero sus razones son misteriosas e inaccesibles al ser humano. Lo que sí sabemos es que, a veces, Dios decide esperar porque ese dolor temporal va a proporcionarnos beneficios a la larga.

Si estás pasando por pruebas y te preguntas dónde está Dios, recuerda que no ha desaparecido de forma mágica. Está observándote y acompañándote en tu dolor y tu agonía. Con un poco de atención, notarás su presencia. Puede que incluso estés perdiendo fuerzas en medio de tu sufrimiento, pero el apóstol Pablo te anima a no desmayar, aunque tu exterior vaya desgastándose, ya que el interior «se renueva de día en día, pues esta leve tribulación momentánea produce en nosotros un cada vez más excelente y eterno peso de gloria» (2 Corintios 4:16-17).

Mayo 02 Resiliencia

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