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Me sacó del mar profundo

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«Extendiendo su mano desde lo alto, tomó la mía y me saco del mar profundo» (Salmo 18:16, NVI).

Montaba (J) con diecinueve años cuando estuve a punto de morir ahogado. Aquella tarde no había programa de campamento y mi amigo Félix y yo decidimos navegar en piragua (embarcación pequeña, estrecha y muy ligera, propulsada a remo), lago adentro. Era el pantano de Entrepeñas, construido en el cauce del río Tajo en la meseta central española, con una superficie de más de 3.000 hectáreas. El agua estaba en calma y el cielo parcialmente nublado. A unos 2 kilómetros de la orilla decidimos saltar al agua para refrescarnos del calor del mediodía nadando en torno a la piragua. Con el salto, la embarcación se volteó. La rectificamos, pero nos dimos cuenta de que con la vuelta se había encharcado. Le dimos otra vuelta para vaciar el agua, pero se llenó aún más. Félix decidió quedarse agarrado a la piragua semiflotante. Yo, pensando que se hundiría, comencé a nadar hacia la orilla. En mi trayecto noté corrientes subacuáticas que me impedían nadar con soltura. En pocos minutos sufrí un calambre en la pierna izquierda y algo después en la derecha. En mi desesperación gritaba «¡Socorro!¡Auxilio!». Sin dejar de pedir ayuda, traté de mantenerme a flote, pero pronto me di cuenta que no podía hacerlo por mucho tiempo. Me encomendé a Dios y acepté que en cualquier momento se acabarían mis fuerzas y sería el final de mi vida. En cuestión de minutos, vi acercarse una lancha con motor fuera borda y un hombre me extendió la mano, tomó la mía y me sacó del agua. A continuación, rescató a Félix y así fuimos salvados. Era un vecino que desde la ribera había oído mi voz y acudido a rescatarnos. No entiendo cómo pudo escucharme a tanta distancia. Sin duda Dios, que siempre me oye en la angustia, le llevó el sonido al vecino para que nos salvara la vida.

Fueron minutos de agonía que me parecieron horas. Sin embargo, la experiencia favoreció mi resiliencia. Me ha servido para reflexionar en la misericordia divina y en la oportunidad que el Señor me dio de renacer. En momentos de desánimo, he recordado la amarga experiencia y me ha servido para seguir adelante sabiendo que Dios me salvó de aquella muerte y seguirá protegiéndome de acuerdo a su voluntad.

Tal vez tú estés enfrentando momentos difíciles: salud, relaciones, trabajo o crisis espiritual. Quizá estés temeroso de un mal inminente. Cualquiera que sea la amenaza, el Señor está dispuesto a rescatarte y a hacerte salir más fuerte para afrontar, por su gracia, mayores retos.

Mayo 04 Resiliencia

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