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Pensamiento y conducta

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«Tú guardarás en completa paz a aquel cuyo pensamiento en ti persevera, porque en ti ha confiado» (Isaías 26:3).

Emilia se le acumularon varios problemas. Su madre, ya anciana, sufrió una caída y se rompió dos costillas. Su hijo, siempre buen estudiante, tuvo varios suspensos ese año. En el ámbito laboral, le cambiaron el turno y el nuevo horario le resultaba muy inconveniente. Para colmo, tuvo una disputa con un pariente y por ello se encontraba enemistada con una parte de la familia, incluido su esposo. Pero el mayor problema de Emilia era que se agobiaba por todo lo que le estaba ocurriendo. A todas horas se ponía a pensar en los problemas que habían surgido y veía el futuro oscuro y sin solución. Su propio hijo le decía:

-No te amargues tanto pensando de forma negativa.

Pero ella respondía:

-No puedo quitármelo de la cabeza.

Su mejor amiga, que además de ser cristiana tenía formación en psicología, le prestó mucha ayuda. Primero, le enseñó a dirigir su pensamiento hacia temas edificantes, a detener a tiempo la cadena de ideas depresivas, sustituyéndolas de inmediato por pensamientos de paz, recuerdos agradables e incluso la visualización de alguna escena de la vida de Jesús. La segunda forma de acción era un plan de resolución de sus problemas. Con papel y lápiz, ambas esbozaban ideas, estrategias y pasos concretos para abordar los diversos problemas. Guiadas por principios éticos y morales buscaban la reconciliación en asuntos de relaciones y sopesaban los pros y los contras de varias soluciones a los diversos problemas. Una vez que el plan quedó claro, Emilia lo siguió paso a paso sin tener que soportar la carga emocional y la angustia de antes. Muy pronto empezó a librarse del agobio de sus cavilaciones. Y con paciencia, oración y sentido común, las soluciones fueron surgiendo y muchos de sus temores nunca se materializaron.

Se dice que Winston Churchill en uno de sus discursos recordó la historia de un amigo íntimo que en su lecho de muerte le dijo: «A lo largo de mi vida he tenido muchos problemas; la mayoría de ellos no llegaron a acontecer». Y es que gran parte del peso de los problemas no está en ellos, sino en nuestra mente.

La solución a los problemas no está en preocuparse por preocuparse, sino en detener esos pensamientos y sustituirlos por otros más edificantes y resolutorios. El apóstol sugiere la solución definitiva y nos insta a llevar «cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo» (2 Corintios 10:5).

El día de hoy, somete tus pensamientos a Cristo Jesús y te sorprenderás de los resultados.

Mayo 13 Resiliencia

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