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Las desgracias de Job

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«Incluso los muchachos me desprecian, y al levantarme hablan contra mí. Todos mis íntimos amigos me aborrecen; los que yo amo se vuelven contra mí» (Job 19:18-19).

A un siendo perfecto, recto, temeroso de Dios y apartado del mal, Job sufrió una serie de desdichas que lo situaron en el extremo máximo del sufrimiento. Él no sabía que Dios había permitido a Satanás probarlo hasta el límite. Solo sabía que, en medio de su fidelidad a Dios, comenzó a sufrir los peores infortunios que uno pueda imaginarse.

Primero, un grupo de nómadas de Arabia hicieron una incursión en sus campos, se llevaron todos los bueyes y las asnas y mataron a los criados. Segundo, un incendio enorme abrasó todas sus ovejas y los pastores con ellas. Tercero, tres escuadrones de caldeos (pueblo semita del sur de Mesopotamia) robaron todos sus camellos y mataron a espada a los criados que estaban con ellos. Cuarto, cuando sus siete hijos y tres hijas estaban de fiesta en la casa del mayor, sopló un viento del desierto y arrasó los pilares de la casa, dejando caer la estructura y haciendo perecer a todos. Quinto, Satanás transmitió a Job una llaga maligna que le afectó toda la superficie corporal, de la cabeza a los pies, produciéndole un prurito muy intenso.

Aun las pérdidas más grandes pueden compensarse con la presencia de seres queridos o por personas sensibles, solícitas y bondadosas que ayudan al sufriente a pasar por una dura prueba. Sin embargo, Job no contaba con ese factor fundamental de apoyo. En medio de su terrible sufrimiento, su esposa le espeta: «¿Aún te mantienes en tu integridad? ¡Maldice a Dios y muérete!» (Job 2:9). Sus tres mejores amigos entablan un diálogo con Job, pero no para ayudarlo, sino para culparlo de sus propios males, acusándolo de horrendas maldades encubiertas. Todo el mundo lo rechaza según vemos en el discurso del mismo Job en el capítulo 19. Sus hermanos se alejan de él, sus parientes y conocidos lo evitan, sus criadas lo tienen por extraño, sus siervos no responden cuando Job los llama y sus amigos íntimos lo aborrecen. El texto de hoy dice que hasta los muchachos lo desprecian.

Perderlo todo y además ser rechazado por los seres más queridos es una horrenda tragedia. Tal vez hayas vivido algo similar o conozcas a alguien que haya pasado por esa situación. Pero de una cosa puedes estar seguro: aunque tus seres queridos te abandonaren, Dios te acompañará en todo tipo de tribulación. Así lo prometió, cuando dijo que estará contigo «todos los días, hasta el fin del mundo» (Mateo 28:20).

Mayo 21 Resiliencia

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