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Qué pones delante de tus ojos

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«No pondré delante de mis ojos cosa injusta» (Sal. 101:3, RV95).

Dios nos ha dado los cinco sentidos para que disfrutemos de lo que nos rodea. Entre esos sentidos, se encuentra el de la vista. Todas disfrutamos al contemplar un hermoso lago, los destellos naranjas del atardecer, una majestuosa montaña o una diminuta hormiga. ¿Qué podría tener de malo el ver, observar y disfrutar con la mirada, las cosas que están delante de nuestros ojos? Mucho, si esas cosas nos incitan directamente al mal. Pongamos varios ejemplos de la Biblia.

«La mujer vio que el fruto del árbol era hermoso» (Gén. 3:6) y, en lugar de apartar su vista de él porque Dios le había advertido que conducía a la muerte, se deleitó en observarlo, «y le dieron ganas de comerlo». El resto de la historia ya lo conocemos: el pecado entró al mundo. Todo, por no guardar esa avenida del alma que es la vista.

«Lot miró por todo el valle del río Jordán y vio que, hasta el pueblecito de Sóar, el valle tenía bastante agua y era como un gran jardín. Se parecía a Egipto. Entonces Lot escogió todo el valle del Jordán» (Gén. 13:10-11). Posar su mirada en la atractiva e insinuante llanura del Jordán, «cerca de la ciudad de Sodoma», y disfrutar de antemano los beneficios que le reportaría, terminó llevando a Lot a vivir «donde toda la gente era muy mala y cometía horribles pecados contra el Señor» (Gén. 13:13).

Dado que «José era muy bien parecido y causaba buena impresión» la esposa de Potifar «se fijó en él» (Gén. 39:6-7). Esa contemplación indebida tuvo resultados terribles para el siervo de Dios.

«Una tarde, al levantarse David de su cama y pasearse por la azotea del palacio real, vio desde allí a una mujer muy hermosa» (2 Sam. 11:2-4). Pero no se conformó con mirar, sino que pasó a la acción, cometiendo uno de los más graves errores de su vida.

Hay que tener cuidado con aquello en lo que deleitamos nuestra vista. Por eso, decídete a no contemplar el mal, a no poner delante de tus ojos como meta aquello que no pasa el filtro del evangelio. «Porque nada de lo que el mundo ofrece viene del Padre, sino del mundo mismo. Y esto es lo que el mundo ofrece: los malos deseos de la naturaleza humana, el deseo de poseer lo que agrada a los ojos» (1 Juan 2:16).

Enero 09

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