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Espíritu, alma y cuerpo

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«Que todo vuestro ser —espíritu, alma y cuerpo- sea guardado irreprochable para la venida de nuestro Señor Jesucristo» (1 Tesalonicenses. 5:23, RV95).

Nunca olvidaré cuando me dijeron que debía regresar a mi país. Fue una maravillosa e inesperada noticia, que conllevaba dos cosas: guardar todo lo que quería llevar conmigo y deshacerme de lo que no iba a necesitar. Cometí errores en el proceso y terminé no sabiendo guardar pertenencias que más tarde me hicieron falta. Esto, en lo material, no es grave, pero en la vida cristiana hay cosas que hemos de saber guardar. El apóstol Pablo nos dice cuáles son: nuestro espíritu, nuestra alma y nuestro cuerpo, es decir, todo nuestro ser. No podemos dejar ningún aspecto de nuestra vida sin someter a la influencia de Dios.

«Espíritu». El espíritu es la vida: «Entonces su espíritu volvió, e inmediatamente se levantó» (Luc. 8:55, RV95); el espíritu es la capacidad de pensar, razonar, existir: «El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios» (Rom. 8:16, RV95). Y hemos de guardarlo. ¿Cómo? De la manera que el mismo Pablo nos indica en Romanos 12:2: «Cambien su manera de pensar para que así cambie su manera de vivir y lleguen a conocer la voluntad de Dios». Una razón santificada es la que debe regir nuestra vida.

«Alma». Es esa parte de nuestra naturaleza donde están nuestras emociones, nuestros instintos, nuestros anhelos. Esa parte que ha de estar dominada por una razón santificada, de manera que sus impulsos se sometan cada vez más a la voluntad divina. Guárdala, irreprensible, dice el Señor, tu Dios.

«Cuerpo». Es la materia frágil de la que estamos hechas, y que debe estar sometida a una mente santificada que no abuse de él y a un alma convertida que lo lleve a servir de instrumento a favor del bien. Cuidar de la salud física del cuerpo y pedirle a Dios que lo use para avanzar su causa son las dos maneras de guardarlo.

Nuestro Señor Jesucristo va a regresar, y cuando ese día llegue, quiere encontrar todo nuestro ser (espíritu, alma y cuerpo) irreprochable, irreprensible, sin mancha. Para que eso suceda, hemos de guardarlo bien hoy, y mañana y pasado... Ese es el proceso de la santificación. Pidamos al Señor que nos enseñe y nos ayude a caminar en ese camino, para que nos encuentre listas cuando llegue a buscarnos.

Enero 25

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