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Piensa con generosidad

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«El generoso pensará generosidades, y por generosidades será exaltado» (Isaías. 32:8, RV60).

Un sábado por la mañana, iba un anciano de una iglesia caminado hacia el templo cuando, de pronto, comenzó a sentirse mal. No pudiendo aguantar del dolor, se desplomó y perdió el conocimiento. En ese momento pasaban por allí dos hombres que se dirigían a la cantina y decidieron ayudarlo. Lo cargaron como pudieron entre los dos y lo llevaron a la cantina. Cuando el anciano de iglesia recuperó el conocimiento, se sintió muy agradecido con aquellos samaritanos y continuó su camino, no sin antes invitarlos a su iglesia.

Justo en el momento en que salía de la cantina, pasaba por la acera de enfrente una hermana de su misma congregación, que también se dirigía al templo. Ella, asustada por lo que estaba viendo, aligeró el paso para ir a contar a sus amigas lo que acababa de presenciar.

-¡¡¡He visto al anciano de nuestra iglesia saliendo de una cantina!!! —exclamó casi sin aliento.

-Hermana, está usted segura de que salía de la cantina: - le preguntaron.

-Sí, claro que estoy segura —confirmó.

-Quizá estaba haciendo obra misionera —comentó alguien.

-Claro que no —aclaró ella—, yo lo vi tambalearse; no estaba bien. Es obvio que se tomó unos tragos. ¡Y ahora viene a predicarnos! Pues yo no pienso escucharlo.

Pronto, el chisme se propagó como fuego. Pero cuando el anciano se levantó a predicar, comenzó dando un maravilloso testimonio del amor al prójimo que acababa de experimentar en carne propia. Hubo un gran silencio en la iglesia; de esos que se hacen cuando uno se avergüenza de sí mismo.

Hay quienes mueven sus labios solo para cometer el mal (ver Prov. 16:30), pero hay también quien solo piensa generosamente, porque es una persona generosa. De este segundo tipo de personas hemos de ser nosotras. Que cuando nuestros ojos vean algo extraño, nuestro primer pensamiento sea de amor hacia la persona, no de condenación; y que después del pensamiento, salgan de nuestros labios palabras generosas, y hechos de bondad. Así corresponde a la mujer que dice ser cristiana, porque sigue el ejemplo de aquel que vivió para pensar y hacer el bien.

Santiago nos recuerda: «No hablen mal unos de otros. El que habla mal de su hermano, o lo juzga, habla mal de la ley y la juzga. [...] ¿Quién eres para juzgar a tu prójimo?» (Sant. 4:11-12).

Enero 29

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