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Para conducirnos fielmente

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«Fielmente te conduces cuando prestas algún servicio a los hermanos, especialmente a los desconocidos» (3 Juan 5, RV95).

«Jehová kejeiyinopa, Jehová kejeiyinopa, Jehová kejeivinopa ite jibena yuaksaki», se escuchaba el singular cántico de los cabécares.

Estábamos en el gran cerro del Chirripó, en Costa Rica, compartiendo con los nativos del lugar. Los mismos que un día se habían sentido hijos del gran Sibú, a quien consideraban su dios y creador de todas las cosas, estaban ahora cantándole al Mesías, a Jesús nuestro Redentor. En sus rostros se dibujaban sonrisas, en sus ojos se apreciaba la chispa de la vida y en sus voces se podía percibir alegría. Esa alegría que nace de lo espiritual, de saber que pertenecemos al Rey de reyes y Señor de señores, quien tiene un propósito para nuestra vida.

Nosotros habíamos llegado a la zona indígena alrededor del mediodía, cansados del largo viaje. Pero el cansancio se desvaneció ante la emoción tan grande que sentimos al escuchar a nuestros amigos y hermanos de una cultura diferente alabando al único Dios verdadero. Eso nos inundó de gozo y nos proveyó un gran deseo de seguir sirviendo a nuestro Dios y a nuestros prójimos.

Nuestro objetivo era servir y evangelizar. Con esa meta en mente, cocinamos para cuatrocientas personas, entre ellas, madres que llevaban a sus bebés colgados a la espalda con mantas enrolladas, niños de diversas edades, ancianos, hombres y mujeres con necesidades. Yo me acordé entonces de Gayo, el hermano a quien el apóstol Juan dirige unas palabras en su Tercera Epístola. De él se dice que era fiel en su servicio a los demás, que toda la comunidad podía darse cuenta de su amor, que ayudaba a los necesitados. Todo eso es «la predicación de la verdad» (ver 3 Juan 5-8).

En contraste con esta preciosa imagen de un hijo de Dios comprometido con el ministerio de ayuda al prójimo, el mismo apóstol Juan menciona otro caso bien diferente, el de Diótrefes. Mientras Gayo trabajaba para el Señor, Diótrefes andaba «contando chismes y mentiras» contra los obreros del Señor. «Y, no contento con esto, no recibía a los hermanos que llegaban» (3 Juan 10). Qué lamentable.

«Querida hermana, no sigas los malos ejemplos, sino los buenos» (vers. 11), te exhorta Juan. Si tu deseo en este día es conducirte fielmente como cristiana, elige la actitud de Gayo, no la de Diótrefes. Ayuda al necesitado; siembra la buena semilla.

Febrero 01

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